miércoles, 22 de febrero de 2012

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. EL AMANUENSE.



EL AMANUENSE



Alexandre-Gabriel Decamps (1803–1860). Pintor francés. El lector, 1846






Estoy seguro –dice melancólicamente – que al subir, en el último piso volveré a la realidad... Desde la plaza la avenida es temible, corta el aliento, los edificios están agrupados de tal manera que los transeúntes no se distinguen entre sí (cuerpos y sombras imprecisas).

El joven busca, entre los signos grabados en las puertas, las señas que difusamente le muestra el papel que sostiene su mano derecha; se muestra inseguro, gesticula palabras incomprensibles, levanta las manos en forma amenazadora «Oh, Dios, es posible que me haya equivocado de nuevo». Giró suavemente como si asintiera el fracaso.

- Ved a esa gente escurridiza esperando un movimiento en falso para caer sobre nosotros, nada puedes precisar en sus miradas, están dedicadas, con toda seguridad, a una labor extraña, gente que como observas son el populacho: serviles en extremo, envenenados diariamente en sus débiles desafíos: intentan entregarse al mejor postor, si les omiten llegan hasta la crueldad, son incautos...nada pierden – expresaba el amanuense, mientras zigzagueantes avanzaban por entre la muchedumbre que plenaba las cercanías de la zona comercial de la ciudad, a grandes pasos cruzaron la calle central y se introdujeron en uno de los edificios.

Ya adentro se dispusieron a colocar los objetos en orden. En el salón, aquí y allá, junto a los andamios los libros aparecen colocados de manera sobria, pues, seguramente, no han sido tocados en mucho tiempo; en la pared, curiosamente colgados, algunos cuadros de pinturas innominados, abstractos.

Piense que las cosas abren su dolor al mundo – dijo el joven... hay algo en el Universo que aún nos es desconocido.

- Es un riesgo, todos venimos desnudos...luego hacemos el camino – arguye inquietamente el amanuense.

- Si, en verdad, a mi parecer es cierto, pero el abrigo de la vida no ofrece su calor con generoso equilibrio. Esta es la diferencia. Empatía. Comprende usted, empatía-reitera el joven- es lo que necesitamos. No podemos quedarnos en la opacidad de este salón ... aquí habitan tantas generaciones, pero se qué nos sirve si afuera palpita el corazón.

- Bah! Ingenuidades ... todos los jóvenes son así. Creen que pueden cambiar el mundo y terminan en qué.

El joven osciló brevemente, sintió que el fuego le llegaba al rostro, no pudo evitarlo, se sentía pequeño, enmudecido, golpeado. Comprendió fatalmente que en la ciudad todo giraba sobre un eje y que aquel caos externo no era sino una manera de controlar cualquier actitud que se mostrara en contrario. Antes de venir a usted, mi trabajo era distinto y, sin embargo, mi posición es la misma ¿Me comprende?.

- No lo entiendo, explíquese

- Bien, mi tarea ha sido infructuosa. Aún levantan sus casas y arguyen situaciones que intento reconocer pero que solo imito para quedarme entre ellos, es cierto, no tengo lugar definido a dónde dirigirme, mejor dicho, en cierta forma, entre ellos estoy guarecido.... aunque no seguro. Me imponen una labor que debo cumplir a cabalidad, de lo contrario estaría perdido, es decir, sería confinado sin apelación, sin retorno. La oscuridad no se permite límites. He aprendido a ser un extraño, a conducirme como tal. Llevo mi trabajo sin que no abrigue sospecha, el que funge de jefe se muestra complacido, me halaga, dice palabras bondadosas, habla de mi futuro y de mi estabilidad (mis competidores se muestran ofuscados, trabajan en silencio), mi tarea consiste en no contrariar las actividades erróneas que suscite el sistema, al parecer ellos no son susceptibles de error, eso piensan. En cuanto a mi debo llevar una pulcra y detallada relación de casos atendidos, se me ha investido del poder de pensar por los demás... si me arriesgo en comprender, es decir sin consejos, se me conmina, se me conmina, se me explica que no debo excederme. ¡Al diablo! ¡Estoy harto de tanta mentira, me levanto, peleo, gruño-. Y nada, lo importante es mantener los anaqueles llenos de hojas, atiborradas de carpetas limpias y brillantes.

¡Mucha vistosidad! Estadísticamente, que es lo que importa, deben aparecer infinidad de casos atendidos... luego, más carpetas, montones de carpetas, montañas de hojas ¡ah, míseros cuanto pueblo viene a abonar el saldo! ¿Qué pasa si uno trata de comprender?

Anonadado, el viejo amanuense no supo que argüir, las cosas giraban violentamente, y apenas si alcanzó con sus temblorosas manos una de las sillas próximas al desván. Guarda en el portafolios los finos lentes, y de uno de los bolsillos saca un pañuelo perfumado y limpio que enjuga sobre la frente.

El sordo golpe de la puerta retoma el frenesí de las calles, las luces mostraban los ventanales de la vieja ciudad y las casas lucientes de cálidos colores envolvían, con abrumadora esperanza, los pasos de las gentes...

-Qué imagen puede sobrevenir, sé que detrás de cada rostro, detrás de la miseria y del dolor qué les encubre... del lodo, hay una llama que emerge desde el fondo con denodada labor, sólo allí, en ese instante, rasgando el silencio aparece la condición humana. Todos habitamos un mundo extraño.

¿Qué se nos puede ocultar?. No puedo ver si no a través de las sombras de los tristes, donde el fulgor de los antepasados abrevia el camino, indaga desde todas partes. he aquí la nostalgia. Toda la verdad.



De: El Amanuense (1980)


José Francisco Ortiz

sábado, 11 de febrero de 2012

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. LA CARPINTERÍA.



LA CARPINTERÍA




 José Ferraz de Almeida Júnior (1850 – 1899) pintor brasileño.




La carpintería estaba cerrada,

por supuesto, era sábado a la tarde,

el hombre frente a la puerta

bebía cervezas. Aserrín aserrán

a los pobres qué les dan?

Aún caían cernidos los árboles

 y algo turbio pasaba frente

a sus ojos porque miraba a lo lejos

entre las casas, los postigos

y la cansada luz del día. Tomaba

tragos lentos, aserrín sí le dan,

y en su volver por las veredas

febriles del monte, qué veía

aturdido por la incierta

mansedumbre de la madera?

Los bosques vendrán de nuevo

-se decía, eso creo-

y el licor regaba la esperanza

porque el aserrín proscrito

volvía a ser árbol, colmena

y pajarera en la carpintería.




José Francisco Ortiz Morillo 
Santa Cruz de Mara, 4/2/2012






martes, 7 de febrero de 2012

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. I CHING



I CHING


 
Francisco Hung (1937 – 2001) Pintor venezolano. Sin título


A Tomás Delgado Arbelo


En breves líneas labra la vida,
con buriles de fuego alcanza el nombre,
nadie sabe dónde centra la noche
y el día de calculada armonía,

rompe el trueque en esperanza,
abrevia y propone y no descarta
cambiar todo cuanto descubre,

y su figura en destino de la nada,
todo lo revierte, y en justa calma
alienta en seis pasos al proscrito
que anduvo perdido en su morada,

cuánto ha de ser ¿quién lo sabría?
no importa si en la vastedad
del juego el hombre fatiga el sueño
y en el festín del orbe, el tiempo
cancela lo pasado, y lo redime.


José Francisco Ortiz Morillo
Santa Cruz de Mara, 6/2/2012

viernes, 3 de febrero de 2012

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. LOS FUNCIONARIOS.


LOS FUNCIONARIOS


Edgar Degas (1834 - 1917) Pintor francés. Retratos de una oficina, 1873




El pequeño hombre se aproxima muy cerca de la baranda. Hubiera parecido por su extraña indumentaria que se trataba de un guardia o algo por el estilo, designado allí para cumplir con tan ominosa tarea. No le doy importancia a esto y continúo leyendo mi libro, no sin mirar de vez en cuando la débil figura del anciano que, con relativa frecuencia, se frota las manos y casi inmediatamente se las lleva al rostro, como si algo lo inquietase sobremanera. Al principio pronuncia una especie de saludo, pero luego emite otras palabras que no alcanzo a comprender. Detrás del escritorio la mujer que recibe a las visitas se escurre como una sombra innominada ante los requerimientos que le formulo para que lo atienda.

Me responde sólo con algunos gestos o señales para que me acerque a ella. Ya me he enterado, por los comentarios que hacen sus compañeros de trabajo, que esa cara vacua y levemente erguida permanece con la misma expresión desde hace veinte años, o quizás más, pues ya a nadie le es imposible aseverar lo contrario. Entonces, advierto que la particularidad que más llama mi atención es la manera de conducirse de aquellas personas. En realidad no encuentro diferencias, invariablemente hacen lo mismo: con insistente frecuencia salen por una puertecilla cercana al pasillo, y luego se deslizan por otra apenas visible. A veces sólo transportan papeles, y en ciertas oportunidades sus ojos llegar a brillar tan intensamente que entonces se detienen y miran de soslayo en diversas direcciones, como si ansiasen apresurar el tiempo. No obstante, enseguida recomienzan con denuedo su rutina.

Intempestivamente aparece ante mí un hombre. No media palabra, sólo levanta el brazo y me entrega un sobre blanco y lustroso; luego me dice, muy ceremoniosamente, Señor... a la hora indicada (señala el sobre)... en el despacho.

Su aspecto muestra ocultas y sombrías premoniciones. Llego a pensar por instantes, que se trata de un ardid o posiblemente de una maniobra. Su trajecito a la moda y sus movimientos y maneras bruscas o aprendidas denotan a un empleado de gobierno de muy dudosa jerarquía. Mientras se aleja, sonríe con aire de triunfo o de satisfacción o quizás, en último caso, esto sólo estallaba en mis sentidos, pues, a pesar de todo, aún no conozco el contenido de la misiva.

El pequeño hombre continúa hablando ante la mujer, pero de vez en cuando se desplaza lentamente hasta muy cerca de la puertecilla y la observa detenidamente, retrocede y pronuncia nuevas palabras ininteligibles a mis oídos. Se podría decir por la vehemencia de sus expresiones, con toda seguridad, que por alguna razón espera que la puertecilla se abra, pero esto no ocurriría de ningún modo, precisamente cuando él estaba cerca. Me aproximo nuevamente a la mujer del escritorio y, con las previsiones del caso, le pregunto mostrándole al anciano:

-¿Podría decirme por qué no atiende al señor? Me inquieta su estado y creo que sus fuerzas disminuyen cada vez que se dirige a usted.

Aquella se lleva las manos a la cara, retira sus lentes pausadamente, y, luego con un pañuelito de encajes azules y blancos hace el intento de limpiarlos, mientras me observa subrepticiamente. Al cabo de un instante me dice, por sola respuesta:

- ¿Ah, es usted? Siéntese y espere. Intuí entonces el motivo de toda aquella desesperanza. En ese lugar ya nadie osaba alentar sus pasos.

Los empleados entran y salen, traen nuevas y relucientes hojas, viajan tan atiborrados de papeles que es imposible notar la expresión de sus semblantes, naturalmente se hallan sumamente agotados. Comienzo a exasperarme. Los movimientos siempre en círculo de aquellos individuos, la premura con que ejercen sus funciones, casi hacían olvidar los requerimientos del anciano que, ante la inutilidad de sus palabras, había optado por la indiferencia, reducido ya al silencio.

Todavía así, después de mucho esfuerzo, levanta la mirada en actitud suplicante; exigía aún una respuesta. Avancé unos pasos para escucharlo mejor: sus voces languidecen en articular algo inexplicable.

- Usted –dijo- no habrá de permitir ciertamente que lo tomen por uno más.

- ¿Uno más? – repuse para mí mismo.

Reflexioné un instante, tomé el sobre de mi bolsillo y antes de marcharme de allí definitivamente, lo deposité sobre el escritorio de aquella mujer, que aún me miraba con ojos sorprendidos.




De: El amanuense, 1982.


jueves, 2 de febrero de 2012

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ. EL ANDARIEGO




EL ANDARIEGO




César Rengifo (Caracas, 1915-1980). Pintor y dramaturgo venezolano. Instancia del éxodo IV.






Nunca el andariego
raspa el polvo de los zapatos,
del camino insiste
en su alegre porvenir,
la distancia no es medida
ni cautela que arredre
sus huellas, anhelantes
de otras tierras, las cubre
del horizonte esquivo,
vuelve al barro y sus raíces,
en ardorosa comunión
aún no cumplida, llama
de un agitado corazón
al fraguar el día.

José Francisco Ortiz Morillo
 Santa Cruz de Mara, 2/2/2012



miércoles, 1 de febrero de 2012



UN ESFUERZO EJEMPLARIZANTE


Miguel Ángel Campos 



Miguel Ángel Campos es un escritor raigalmente autóctono, nacido en los andes, su vida y su formación  intelectual ha transcurrido en Maracaibo. No arrastra el fardo de influencias foráneas, su prosa vaciada de atildamiento no se entrega a la veneración de las ideologías del orbe. Su talento es firme y sereno, y su escritura es como una espada contra las armas de la falsa academia, contra las ilusiones de los ostentadores del poder y crítico veraz del griterío social sin metas y sin horizontes derivado de un atavismo conveniente,  tampoco se ampara en el constreñido individualismo del mesianismo  recurrente de la historia patria. Su reciente libro “Incredulidad” –le preceden “La imaginación atrofiada”, “Las novedades del petróleo”, “La ciudad velada”, “Desagravio del mal” y “La fe de los traidores”, amén de los premios: Ensayo I Bienal de Literatura “Mariano Picón Salas” y de Ensayo Fundarte– es un complejo y no menos propósito por mostrarnos con lucidez nuestras latencias y el perfil del futuro que nos aguarda. Más allá de las líneas fundacionales que nos propusieron en  sus apasionados alegatos  Mario Briceño Iragorry, Mariano Picón Salas o Augusto Mijares (por sólo nombras tres pivotes del ensayo en Venezuela), obviamente, Miguel Ángel Campos ha cumplido un esfuerzo ejemplarizante de estudio en la develación de los fenómenos culturales que dan forma al ser del país, originando en él una conciencia clara de dichos procesos  en lo social, político, económico y literario desde su atalaya en la provincia nacional.

Si existe una verdadera preocupación  por atender el esfuerzo y resultados de una obra, fecunda e iluminada del ser venezolano, Miguel Ángel Campos estará con nombre propio en la cultura venezolana y, muy pronto, deberá ser Premio Nacional de Literatura.


José Francisco Ortiz Morillo.
Santa Cruz de Mara, 31 de enero de 2012

martes, 31 de enero de 2012

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. LA RUTA DEL CIELO.



LA RUTA DEL CIELO


 Francisco Rivero Mendoza, pintor venezolano. Cacute Alto



En las ciudades, el orden de las cosas no se manifiesta con la fidelidad que refieren los mapas, y considerándolo desde la perspectiva de las tareas humanas, poco importa. Es posible que esta historia que habré de contar, acuse la inexistencia de un lugar  y de los hombres que la vivieron. Seguramente, de las generaciones que hayan sobrevivido nadie la recuerde o quizás en las almas aturdidas de los circunstantes palideciera como un mal sueño. Si mi amigo (me excuso de nombrarlo por petición del autor) hubiese vivido en una gran ciudad nada de cuanto pudo ocurrirle tendría la mayor trascendencia, apenas la curiosidad vecina o la instantánea noticia periodística hubiera cancelado de inmediato la herida de su alma. Yo mismo me pregunto, si a estas alturas del progreso, hablar de alma es correcto, porque en sesenta años hasta el más lejano de los pueblos ha cambiado en los estilos de vida, y las costumbres ya no son tan sólidas, pues agitadas por el progreso se mimetizan entre las variedad de los signos del mundo.

La historia es morosa, no se deja agarrar. De manera insólita le nacen ramificaciones que no permite que mi memoria la alcance; si no fuera por la desleída escritura que se extiende en la brevedad de esta página robada al tiempo, yo mismo me habría esfumado. Sin embargo, he de señalar algunas circunstancias paralelas antes de expresar todo cuanto se me ha confiado.

Me acercaré todo cuanto pueda en el tiempo, al origen de la historia. En la infancia, los niños de mi pueblo padecíamos de una extraña enfermedad. Enfermedad que los viejos no comprendían, sino hasta más tarde cuando el médico sostuvo que era una especie de ensimismamiento natural  producido por el silencio de la montaña. Mis padres argüían que mi caso debía ser diferente porque había nacido de pie y enmantillado, entonces, la fortuna me sería dada sin medida, y comenzaron a sospechar que algo estaba mal desde el momento del parto porque tardé cinco años en pronunciar las primera palabras, fue tanta la sorpresa que por  momentos todos quedaron mudos, y luego soltaron la risa contenida. Como tardé en habitar el mundo de las palabras, consentí en continuar en silencio, sin mayores quebrantos para mis padres y hermanos, sin embargo, había una expresión entre mis familiares, “este como que va a ser curita”, decían, y volvían a sus quehaceres como si yo no existiera. Y según mis cálculos aquel decir calzaba perfectamente con las veleidades que ocultaba a los ojos de la familia.

José Benlliure y Gil (1855 - 1937) pintor español . Misa- detalle



En fin, mi existencia estaba definida. Fui un místico empedernido. Me inventaba historias (que los demás creían) de apariciones, santos y ángeles que rondaban la casa, y alrededor del pueblo innumerables duendes que se escondían entre los árboles, los zaguanes de las casas abandonadas y en la iglesia. La inocencia de los mayores era causa de mis estados de alegría. No pocas veces fui atormentado por mis propios fantasmas, cuando en las noches, por alguna petición de mis padres, debía salir a la calle a comprar algún alimento, y entre los sobresaltos de mi corazón miedoso, la interrupción de la electricidad y las sombras que salían de todos los lugares, copaban mi silbido en la oscuridad, como si quisieran despertar al mundo que había espantado durante el día.

 José Benlliure y Gil (1855 - 1937) pintor español. Monaguillos

En aquellos días, me hice monaguillo. Aprendí todas las virtudes y defectos de la vida recoleta que habitaba la casa cural, la manera de hacer las ostias  (esto creo haberlo comentado en otra historia), usar el traje de monaguillo, llevar el incensario y cómo lograr que el incienso copara el recinto del templo, y evitar que los otros monaguillos se llevaran las limosnas (debo confesar que por momentos mi vista se perdía entre las imágenes de los vitrales, las esculturas de los santos y la infinidad de velas encendidas a lo largo de las naves de la iglesia,  el párroco siempre contaba el dinero y llevaba una especie de arqueo directamente proporcional a la feligresía que ocupaba el recinto. Nos inquietaba con sus miradas inquisitivas, y, entre suspiros entornaba la mirada hacia la cúpula, como si quisiera alcanzar alguna respuesta celestial, y, de pronto, dejaba rodar una que otra expresión de duda sobre nuestros espíritus. Nos mirábamos y  nuestras miradas se topaban con las del cura, y como si bajáramos por una cuesta terminábamos adosados a nuestra propia indigencia; pero sabía que aquellos mozalbetes, ignorantes y pobres como yo, podrían ser cualquier cosa menos ladrones en la casa de Dios).

No puedo dejar de reconocer que estuve tentado de pedir a mis padres que me enviaran al seminario cuando llegara a la adolescencia. Había como un sentido mágico en toda esa vida de la iglesia. El cura era admirado y querido, sobre todo por las mujeres. El tenía el misterioso don del convencimiento, de hacerlas cambiar. De la noche a la mañana estaban transfiguradas. Los días de confesión esperaban pacientemente las horas, en una larga fila de atormentados seres en busca de la tranquilidad secreta del confesionario.

Léon-Augustin Lhermitte (1844 –1925) pinto, francés. Niños bañándose en un rio   


Al salir del templo, nos íbamos al río. Por supuesto, era domingo, aunque no era necesario porque nosotros inventábamos, como el conejo de Alicia, que todos los días eran domingo. Ahora, no sé cómo he llegado hasta sus orillas, lo veo impasible, cauto, con su rodar de lentas piedras hacia el fondo de los abismos. El cuchicheo frágil de las lavanderas, interrumpido por breves canciones y uno que otro  chillido de los pájaros,  llevándonos al paraíso. Algunas de ellas, de pronto levantó sus enaguas, y con movimientos impulsivos quedó desnuda frente a nosotros, dijo: “Vengan, mis niñitos, que los vamos a confesar”, y la risotada de las otras mujeres se unía al fragor de las piedras en las volteretas suaves del agua. Aquello no pasaba de un escarceo, de un juego en la íngrima vida de las mujeres y el alcohol delirante de eternidad en sus hombres. Sin embargo, el vello oscuro giraba en nuestros ojos como una liebre huyendo de los perros, y nuestros cuerpos temblaban junto a las hojas que el viento arrancaba de las ramas.

La carta aparece, de pronto, como luz filtrada entre los árboles. Las letras rústicas y de nerviosa caligrafía, mostraba una lucidez mortal como pocas veces he encontrado en las mejores páginas de los escritores que había leído para entonces. Me parecía que la fortaleza de la montaña estaba en los peñascos como las ideas de aquel hombre en sus palabras.

No diré su nombre porque una de las lavanderas vivía con él en una casa, no muy distante del pueblo. Cuando levantó el vestido, ya no era el vellón negro lo que atizaba nuestro silencio, sino la frondosidad redonda de su vientre y el ombligo que sobresalía como un ojo enervado. Brillaba, brillaba, y las gotas del agua del río salpicaban los bordes tensos de la piel, y volvían las gotas renovadas y tenían un sonido diferente. No era un sonido, sino la cadencia del coro en la iglesia, en la confesión, y la veía, ataviada con sus ropas de colores, amplias vestiduras y la sonrisa abierta como un lirio al amanecer.

Ahora, los años se han alejado y hay una espesura, un entramado en mis recuerdos, que si no fuera por esta carta que ahora leo, nada hubiera ocurrido. Lo digo porque no es la carta solamente, sino el haber presenciado la conversación de ese hombre con el cura del pueblo, el día que llevó a su difunto hijo para comprarle el pasaje para el cielo. Cómo, me decía en la intimidad de mis pensamientos, era necesario que un niño necesitara de los oficios de la iglesia para entrar al cielo. El escaso séquito había llegado al templo. El cura se negaba a salir porque aquel borracho no tenía cómo pagar la misa. Mi padre y otros amigos, en un gesto de solidaridad, habían comprado el ataúd, las flores y la “tierrita” en el cementerio. Pero el cura estaba renuente. “No hay misa, ni nada de nada, si no hay pago. Es todo –dijo–“. Dando zancadas se alejó hacia la sacristía, mientras la sotana andaba ebria entre las vírgenes y los santos. La Dolorosa se sonrojó, los cirios se fueron  apagando y algunas golondrinas salidas de sus nidos  surcaban traviesas la nave de un extremo a otro. Y fue en ese instante, como si un rayo atravesara al hombre y lo impulsara hacia su destino, corrió detrás del sacerdote, lo tomó por el brazo, algo le dijo al oído, y en la distancia aparecían gestos y manos agitadas contra la oscuridad del templo. Salieron juntos. El cura habló, y  se cumplió la liturgia. “El niño, dijo el cura, ya está en el cielo, con los otros angelitos”.

Nos marcharnos, y ante los ojos atónitos del sacerdote, el hombre confesó a voz en cuello. “Padre, padrecito, usted que es un santo, un verdadero santo, Dios que está en el cielo, le pagará  la misa de mi angelito”.

Ninguno de nosotros llegó a conocer qué se dijeron el hombre y el cura en aquella hora de oprobio, de tristeza y desolación. Y aunque tengo en mis manos la carta, recuperada debajo de algunos objetos y cuadernos desvencijados del fondo del baúl, no quisiera haberla leído nunca.

“Señor cura, padrecito, como siempre le decimos a su merced. Yo me confesé con usted, y usted conoce mis pecados, y los pecados del pueblo, y sus pecados padrecito, perdóneme padrecito, tenía que decírselo, porque me iba a ir al infierno, o mejor dicho ya estaba en él, por miedo, por miedo a la verdad , y que usted se fuera a poner bravo conmigo, y mi mujer no me fuera a hablar más, usted sabe cómo son las mujeres, usted las confiesa, dice cómo deben comportarse y cómo tratar a un borracho como yo, ignorante, que no sirve sino para beber y beber, día y noche, y no tener tiempo para atender los requerimientos de mi mujer, ella, tan solita siempre, menos mal que estaba usted, padrecito, y ¿no va a cumplir usted con mi angelito, su hijo, padrecito?”



José Francisco Ortiz Morillo
 Santa Cruz de Mara, 30/1/2012.

domingo, 29 de enero de 2012

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. LAS MONEDAS



LAS MONEDAS


 
Giacomo Ceruti (1698 - 1767). Pintor italiano. Tres mendigos, 1736




En todas las calles de la tierra
exhiben las vestiduras
de la mendicidad,
la bagatela de su precio
disuelve los sueños,
y la sombra,
el remanente de la fortuna,
repliega sus ilusiones,
porque la vida se estrena
a largo plazo, con las monedas
postergadas de lo humano.


José Francisco Ortiz Morillo
Santa Cruz de Mara, 29/1/2012

sábado, 28 de enero de 2012

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. EL ÁNGEL VA DE COMPRAS



EL ÁNGEL VA DE COMPRAS


Abbott Handerson Thayer (1849 –1921) pintor estadounidense. El Ángel







Para Erwin Conte Corvera

 El Ángel va al mall, va de shopping,
como es un curioso empedernido
todo lo toca y lo acerca a su cuerpo
(su cuerpo es translúcido; hay algo
de colmena en su vuelo,
como el susurro perfumado
de un baúl antiguo. Nadie –lo sabemos–
escucha el timbre de su voz),
a veces alguien cree ver una tela,
cortinas que se mueven,
ruidos entre las cajas de zapatos,
(es el viento, un ratón, dicen).
El Ángel en su levedad de ángel
le agrada el vestido humano,
la piel que cubre a ese otro
de costumbres terrenales:
es el miedo lo que más estima
porque tiñe la presencia
de lo invisible, y el ángel
toma las formas que el hombre
ha dibujado de la vida.


José Francisco Ortiz Morillo
Santa Cruz de Mara, 24/1/2012   




JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. SIN ALBERGUE EN EL ALMA




SIN ALBERGUE EN EL ALMA


A Cecilia Ortiz, al poder de su palabra en Minumboc



Braulio Salazar (1917-2008). Pintor venezolano. Tarde gris.






En las tinajas
sonaban sus voces,
y la picardía
leve de los pasos
en el clamor de los días.

Las manos tejían
el agua, y en la madera
el alma de la miseria
volvía a la pureza
y era justa la canción
de mi pueblo.

Lo que había perdido,
estaba intacto. El porvenir
ya no era necesario,
había sido extranjero
sin albergue en el alma.




José Francisco Ortiz Morillo
Santa Cruz de Mara, 25/1/2012