jueves, 15 de diciembre de 2011

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. PESSOA


PESSOA

 
Damián Flores Llanos, pintor español (1963) - Fernando Pessoa

     Pessoa mira su rostro – ¿Cuál de tantos?–
      y son bifurcaciones. Cuando quiere reconocer
      la simplicidad de sus actos
      la vida que sólo él cree conocer
      conversa con Heráclito, su hermano
      y no es un diálogo marchito. Se dicen cosas
      que apenas escuchamos en cada golpe de agua
      en las faenas  del aire
      juntos en el río que nunca han abandonado.
     
     Ambos concilian sus gemelas apariencias
      (no sé cuál Pessoa mira en este instante el lago
      ese mar que es el morir, la fontana de Ismael
      el poeta de la Legión Extranjera, con honores
      y medallas y una pierna de recuerdo en el desierto
      como Rimbaud en los trópicos
      salpicado por la amorosa fiebre del oro)

      Sé que ahora vagas solo por las calles de Lisboa
      (Maracaibo es el puerto 
      donde el sol echa sus amarras
      y sus altos muros acallan nuestras voces
      a veces – mi memoria es indiscreta – creo retenerla 
      y trato de grabarla en los pliegues sinuosos
      de la ruta que nos lleva a otra ciudad.)
      
     En vano la muestran las cartas geográficas 
     (cómo podrían los mapas 
      guardar un solo verso de Pessoa)

José Francisco Ortiz



De: Musgo de nuestras aldeas (2002)


domingo, 4 de diciembre de 2011

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. LOS CEDROS



LOS CEDROS

 
Caspar David Friedrich, pintor alemán (1877 - 1840) - Der Abend, 1820-21



Los cedros nos traen
la fuerza de una antigua costumbre
empeñada en vestirnos
con las hojas que no mueren,
aún cuando las cubra         
el silencio de las tardes.
Sé que están dormidas
con la presencia de los años
como los retoños
que vendrán en primavera
con un sol hiriente bajo sus párpados.
Estamos en un círculo de montañas
hendidos en la penumbra de la lluvia
con unos sorbos de café
mientras la niebla
nos habla de los ausentes
que se encuentran solos
en el viejo cementerio de La Playa
profundos y sonoros
en el campanario del pueblo,
pero a ellos nada les resiente
ni la humedad de laderas y quebradas,
están cobijados en los montes
que el viento lleva silbantes.
Sólo mis pasos junto a sus lechos
sin que los pinos
y tantos rostros en el aire
presientan la devastada soledad del corazón.


José Francisco Ortiz


De: Cantares (1986)

lunes, 21 de noviembre de 2011

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. LOS HORNOS DEL CIELO


LOS HORNOS DEL CIELO

 
Fernando Garrido, pintor mexicano – Buscadores de sueños, 2008


La narrativa no puede comprenderse sin atender a la presencia del mundo onírico del autor. Muchos textos están escritos a partir de las imágenes provenientes del sueño, y algunos surgen totalmente de ese mundo inasible que nos acompaña, sin que nosotros los provoquemos, por lo menos eso creemos, y dejamos que una escueta realidad tome por asalto nuestras más caras inquietudes.

Cuando escribí El amanuense sé que estaba en la otra orilla de la realidad, es decir, sumergido hasta el fondo en mis raíces nocturnas y, sin embargo, hubo un episodio no contado que puede dar luces acerca de esta experiencia literaria. Lo escribo ahora desprovisto del aliento de aquella hora, y como van apareciendo las formas que alguna vez, hace ya mucho tiempo, vibraron en mi alma y, seguramente, de haberlo copiado justamente una vez despierto, tendría un sentido literario exacto.

Se trata de un sueño aéreo. Volaba a mis anchas, sin ningún dispositivo que no fuera mi propio cuerpo, sobre las montañas de mi pueblo. Divisaba abiertamente el cauce del río, sus giros arbolados, en la sinuosa extensión del cauce sonoro, entre las piedras y los pozos lentos donde golpeaban las caídas del agua. El agua se sumergía y brotaba con leve espuma que las ramas arrastraban hacia los oquedales del páramo.

En algún momento, el verdor de los cañaverales parecía un cielo invertido, con su propio firmamento de luces y nubes que la niebla mostraba. Aquella escena tenía algo de humano porque en el sigilo efímeras sombras cerraron los caminos. Me atrajo el encanto del lugar y bajé sin prisa, con la seguridad de estar protegido y, sin embargo, una vez en tierra escuché el rasgar del aire y en la inquietud noté que mis pantalones, a la altura de las pantorrillas, fueron abiertos por flechas salidas de no sé dónde. Indagué hasta dónde me lo permitía el sueño. Nunca vi a mis agresores (si es que verdaderamente se trataba de una emboscada o de algo parecido a mis aturdimientos de la vigilia). Es posible que se tratara de indígenas  que,  remontando el tiempo, venían a recuperar sus espacios. Escuché nuevamente el chasquido sobre los arbustos y las flechas, no ya contra mí, porque iban dirigidas hacia una de las montañas.

 
Quint Buchholtz, artista alemán (1957) – Der flug
  
Volví a mi estado natural de vuelo. Remonté las alturas para encontrarme ante una aldea casi deshabitada, había pequeñas  construcciones de piedra, algunos bohíos a lo lejos que ofrecían un una extraña disposición de los objetos. Había pues una mixtura cultural, quizá ya perdida por razones que no quise indagar pues todo avanzaba muy de prisa sin que yo pudiera detenerlo. Ante mí, apareció un hombre de baja estatura. Ciertamente, se trataba de un indígena, de piel cobriza y de lento andar, su mirar estaba desprovisto de astucia, sin embargo llegué a pensar con cierta ingenuidad que sus manos requerían mi atención, pues se movían con insistencia como si quisieran alcanzarme. Llevaba un arma blanca, la opacidad de la luz no me permitía definirla, a ratos parecía un sable, una daga, un mandoble o simplemente una tablilla que la niebla aceraba ante mis ojos.

Había algo reptante en esas manos que flotaban, atrayéndome hacia el interior de aquella casa de piedras, asentada sobre el abismo.

–Estos son mis tres hijos– señaló a los pequeños que estaban acunados en uno de los rincones, como si quisieran protegerse entre ellos. – Llegas oportunamente. Es la hora de la comida, tengo el fuego provisto y uno de ellos será nuestro almuerzo.

No sé cómo me repuse de aquel convite de antropofagia. Aún aturdido, le dije que no había razones para algo que se consideraba un crimen. Intuí que se trataba de un ritual pues me apartó bruscamente sin hacerme daño. Sentí sus manos como algodones resbalando en mi piel y de nuevo su mirada definitiva sobre uno de los muchachos. Antes de dar su golpe mortal, le retuve el brazo, no sé cómo y de dónde aparecieron mis fuerzas, y por un instante balbuceó algunas palabras que traté de comprender pues estaban expresadas en un dialecto que no podía identificar. El espectáculo que se ofrecía ante mis ojos tradujo aquella orgía de dolor y miseria.

–Tenemos hambre, somos los últimos y no creo que sobrevivamos para cuando vuelvas– Estas fueron sus palabras, luego confirmadas cuando le ofrecí dinero para que comprara la comida que necesitaba. Sonrió y llamó a uno de los muchachos. Hizo algunos gestos, movió sus pies como si danzara y señaló la puerta por donde saldría el pequeño indígena para perderse entre la bruma y el serpeante camino que bajaba.

–Ven, vamos hacia aquella meseta– me dijo, tomándome del  brazo, como si se tratara de un hermano o de un padre amoroso. Sobre la tierra pulida había una estera y sin esperar respuesta ante el giro de aquel grave asunto, me dijo:

–Siéntate, que ahí se sentó Pablo Neruda.



José Francisco Ortiz Morillo
Santa Cruz de Mara, 20/11/2011

sábado, 19 de noviembre de 2011

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. LA VISITA


LA VISITA

 
Ernst Ferdinand Oehme, pintor aleman (1797-1855) - Procesión en la niebla -detalle


El aire vespertino, con su moho habitual y sus irisadas pelambres, nos reclamaban la piel; las manos entumecidas de tanto temblor, ya apagadas, sólo esperaban que la noche nos descubriera con los ojos abiertos al amanecer. Los celajes  de antaño no volverían jamás, sólo son  un cobrizo restañado en los ojos de los lugareños que aún persisten en su inocencia de creer que serán redimidos. Nadie, salvo ese hombre que apareció como un fantasma salido de la niebla, pálido, de una palidez que no puedo anunciar en este momento (pues median unos sesenta años entre aquel tiempo y éste que ahora atraviesa como un relámpago mi memoria) podría reunir tanta fe en la salvación del niño que apretaba con dulce dolor en su pecho.

Llegó, ciertamente al lugar adecuado. La casa de Blas Morillo era tenida como esperanza de los oprimidos, de los desahuciados, de los sin pan y sobre todo de aquellos que en hora extrema esperaban un aliento de vida. María Oliva, hija de Blas (mi madre) tomó al infante en sus brazos y se marchó apresurada al dispensario, la sombra  del padre la seguía, parecía aquel hombre un saltimbanqui  pues oscilaba con cada golpe de niebla, y el niño aún respiraba –no he de narrar cómo eran aquellos días de fatalidad y mísera existencia en la provincia.

 
Arturo Gordon, Pintor chileno (1883-1944) - El velorio del angelito.

No sé cuántas horas transcurrieron. Pero ya era de noche cuando mi madre, flagelada por el dolor y las lágrimas, comenzó a dar noticias, y las mujeres de la casa también lloraron. Buscaron un mínimo ataúd, lo colocaron en la sala y fue un  pesebre de flores rutilantes a la luz de las velas. No sé qué se hizo el hombre, no aparece en mi memoria, confieso que lo he buscado pero mi esfuerzo ha sido inútil; es posible que el miedo y la pobreza que lo acompañaban le hicieran desistir de sus esperanzas; también, que como una sombra, hubiese permanecido silente ante el espectáculo, ahora apagado por las opacas miradas de los vecinos y circunstantes.

Recuerdo, sí, como si hubiese sido en este instante, la voz y la mirada de mi madre.

–  No tarda en llegar la madre de este angelito, Yo hablaré con ella –me dijo, y yo no entendía el porqué las mujeres y el abuelo andaban desesperados–. Es preciso –recalcó– que pueda atenderla y descubrirle lentamente lo ocurrido con su hijo.

Llegó la mujer, temblorosa, como sacudida por aquella ventisca decembrina; su rostro aún iluminado por la fuerza de las montañas impregnaba el cuadro de una extraña fantasía que yo no lograba  definir. Era tan hermosa, como una flor del campo amparada por el tardo roció de un lejano día en las calles del pueblo.

–Señora –le dije, con la ingenuidad terrible de quien no había conocido el rostro de la muerte, pues la palabra  “angelito” daba un giro en mi mente, y los dibujos, las acuarelas en la biblioteca y de las  fugaces imágenes recortadas a contraluz en los vitrales de la iglesia, aparecía ahora con la voracidad de una río crecido–, no se preocupe su hijo está bien cuidado, está en la sala y hay un jardín a su lado.

El grito desgarrado de la mujer, la mujer en el desamparo más absoluto, abrió su dolor y corrió por los montes,  retumbó por las paredes, se anidó en todos, y sobre todo en mi corazón porque aún lo escucho en las noches de invierno.


José Francisco Ortiz Morillo
Santa Cruz de Mara, 19/11/2011


miércoles, 16 de noviembre de 2011

JOSÉ FRANCISCO ORTIZ MORILLO. LA TIERRA



LA TIERRA




 Gaspard Dughet, pintor italiano de origen francés (1615 - 1675) - Paisaje




La tierra nos ablanda con su magia

en el reclamo íntimo de las horas,

en las raíces que las sostienen y llevan

sobre la vasta oquedad del espacio.

¿Dónde está el origen

los sesgos que nunca hemos visto

y que no podríamos ver jamás?

¿Qué sonido, más allá de las arenas estelares

la atraen hacia un río hecho de instantes?

Acaso son las semillas de las gestaciones

la geometría incesante

de su propia existencia.

Ahora sólo es una vasta claridad

moviéndose en el amanecer

hacia confines ignorados,

la luz marcha sobre caminos de sombra.

¡Ah! el fragor de todos los universos

cómo buscan dentro de nosotros su morada,

sin límites hacia las fauces del tiempo.



José Francisco Ortiz


De: CANTARES (1986)