domingo, 8 de julio de 2012

RAÍCES



RAÍCES



Pedro León Castro (Caguas, Puerto Rico, 1913- Caracas, 2003). Pintor venezolano. Armonía, 1947


A José Antonio Martín


Las orugas hilan
calladamente
sobre los campos
trasiegan las vendimias
y vienen las tardes
con sus cántaros
a regar la sembradura
ruedan las semillas
como monedas en la greda
sus morosos estallidos
desde el fondo de la tierra
celebran la primavera.


De: Vocales de ceniza (2005)



José Francisco Ortiz Morillo

viernes, 6 de julio de 2012

RECUERDOS



RECUERDOS


A Andrés Eloy, en su memoria



Mi hermano Andrés Eloy







Con el escarnio vocinglero de los muchachos del pueblo, hace su entrada en la casa la señorita Trinante. Estrafalaria, de abigarradas vestiduras, lleva entre las manos un santo de arcilla, y alrededor del cuello innúmeros collares, hechos con piedras del río, caracoles del mar, cristales multicolores engarzados con pendientes que dan la impresión de que se trata de escapularios o emblemas de una raza inmemorial.

El reloj de la iglesia asiste a la diaria faena de marcar las horas. Son las nueve de la mañana y es domingo. Las calles apuran la mezcla de perfumes y alcoholes como si hombres y mujeres fueran reclamados por los acordes de la retreta. Una inveterada insistencia los reúne en la plaza donde sus cuerpos exhalan el aliento de primitivas faenas. Hoy, la novedad trajo sus alforjas y el aire denso de los días, para rumiar en cada uno de nosotros exacta posesión.

Afuera, el relincho de los caballos rebota en las piedras como lajas sobre el río, mientras la muchachada se abalanza por el corredor detrás de la señorita Trinante.

Los ancianos observan la escena sin atinar palabras. Sólo se miran y sonríen. Recuerdan a esta mujer como un icono que el tiempo no ha logrado envejecer. Para ellos el miedo de los años ya no existe, pero fibrilan como los adolescentes cuando creen sentirla como el primer roce del amor, pues reconocen que nunca pudieron vivirla plenamente porque aún permanece virgen. Tiene, entonces, la virtud de hacerse amistosa con las parturientas y cuando nace un niño se la ve trajinar de un lado para otro con inefable entusiasmo. Poseída por los espíritus, lee la buenaventura. Allí, frente a nuestra madre, está ella, y yo, aferrado del prensil de la cama, la escucho.

- ¿Cómo se llama?  -pregunta la señorita Trinante.

- Andrés  -dice mi madre  -Andrés Eloy.

Descubro el encantamiento de las palabras, porque aquella mujer que daba miedos se transforma ante mis ojos en un ser extraño y majestuoso. Sus manos giran en el aire como pañuelos que se desvanecen en la distancia sin que por algún momento la figura de arcilla se desprenda de los dedos que la retienen. Es tan alta y delgada, y sus movimientos tan ágiles que tiende a disiparse ante mis ojos. Cuando pasan los días sin que ella aparezca, sin que su voz llene el almenar de ilusiones de mis parientes, y la gravedad de su perfume ya desvanecido no atolondre a los muchachos de la calle, me voy al río porque la presiento resurgir de las aguas, flotar en las montaña, vencer los peñascos y remontarse hacia las nubes como un ser angélico que había dejado su morada en el cielo para vivir entre los mortales.

En mi locura, trato de encontrarla en los sitios más disímiles con la sola compañía de mi corazón, empujándome más y más hacia su misterio. Vuelvo a la casa para quedarme en la puerta del zaguán como quien espera la llegada de un ser querido. Ansío verla de nuevo, con su camisón arrastrando el polvo de las calles, con la burla de los muchachos y el cuchicheo de las mujeres. Pero de pronto aparece como un ventarrón sobre las tumbas, conversando en el cementerio de la playa para dejar sus oraciones y sus cantos sin que la perturbe la insensatez de la vida. No, no sólo es imaginación. También, la sueño y la veo venir cubierta con plumas y escribe en hojas blancas inmensas, signo tras signo, palabras que no logro recordar, sólo sé que son hermosas, que vibran y crecen en diversas formas y colores. Y ella les canta dándoles nombre por primera vez.

Como si se tratara de un rito ancestral, va emergiendo en la presencia del oráculo. Toma al niño entre sus manos. Lo levanta. Hace un círculo en el aire, en el centro de la sala. Sin detenerse, frenética en su danza, con la certeza de quien conoce los dominios de la vida, canta: “Chiquito, chiquito, como un grano de llantén, no te quiero por bonito sino por hombre de bien”.

II
  
Andrés nos narra historias de la familia, son palabras que cubren lentamente el espacio de nuestras edades, ha logrado entusiasmarnos a pesar de ser el menor de nosotros, pero yo podía comprender en un instante la fuerza de sus gestos, el alma que movía aquellas frases simples y menesterosas como si se tratara de una madeja de signos que giran hacia su propio centro, inagotables y nunca alcanzados.

A ratos la narración se entrecorta para enlazarse con otra que deviene en una situación inesperada. Andrés habla por otras personas, seguramente los abuelos le habían confiado parte de esos bosquejos que despliega en nuestra memoria.

¿Quién podría prescindir de esos relatos en la casa, hundida en el más absoluto silencio, orlada por el prisma de las nubes en medio del valle de Carache? Las palabras surgen de la diversidad de voces que lo acompañan en su destino. Nunca está solo. Es posible que algunas emitan un brillo inesperado. Fraguadas por un herrero que nunca quiso ver más allá de las virutas del carbón en la fiesta diaria del taller. Son quemantes como las hojas del acero que ceden al tesón de la mano y del martillo. Son tan delgadas y libres que no se las pueden atrapar sin ser cortados; tienen el tedio del invierno y la monotonía de los árboles y del légamo en alardes de vida y desmemoria.

 Lúdicamente nos dejamos llevar por la atmósfera que cubre los presentimientos iniciales. Reconozco que no todo cuanto expresa puede ser devuelto sino en sombras como pasadizos donde creen estar guarnecidas de las inclemencias del tiempo. Hecho de muchas cosas virtuales comprende que ya no es él mismo sino un extraño que ha venido haciendo su trabajo en silencio, horadando sin cesar la vida para transmutarla en otra.

- Cuando se trabaja con greda de los sueños, nunca hay dos momentos exactos y el azar es infinito -exclama Andrés. Y como si fuera impulsado por una fuerza que violenta su cuerpo, se yergue en medio del círculo que habíamos formado y comienza a recitarnos un poema.

- Aún no tiene nombre. Quisiera que fuera simplemente una relación de palabras, pues cualquiera, si lo estima puede tomarlo para sí. Como un vaso de agua, simplemente, como un vaso de agua -nos dice, finalmente.

Las nubes sin existencia, sin prisa vegetal
al borde de una mesa donde solemos
conversar de las promesas antiguas
sus fortalezas y sus máscaras a la hora del festín.
La vida breve, las copas en las manos
y el invierno con tanta certidumbre
más cierto que estas hojas donde crecen las palabras
como polen y sonidos en las grietas del aire.
Nunca estará colmado
el recipiente donde moran los dioses.
Ellos están distantes.
Su parco conversar nos ha lanzado al olvido
y nosotros nunca reconoceremos este sagrado lugar
del vino y de las blandas posesiones del aire.
Nuestras voces son más débiles que el chillido de los pájaros.
Vuelva la esperanza de los que se han marchado
con sus botas de polvo y sus míseras mansedumbres
sobre las rutas de las nuevas ciudades,
por que los ángeles cantan el triunfo de los hombres.
Levanten las viandas, las ropas que enardecen el silencio
un mundo nuevo anuncia el devastado corazón del obrero.
Venga la tierra de la nostalgia,
el clamor de las muchedumbres
¿Quién tiene más nombres que este dios que nos celebra?
Tanta brevedad es imposible
¿Cómo decir vida con tanta fuerza en las almas?
¡Oh, los errabundos
que conocen la palabra del abismo
y restituyen el amanecer con sólo mirarlo:
jirones de luz contra la vastedad de la muerte!

Anoche fuimos a la placita de Santa Cruz. En las bancas nuestras sombras se alargaban. Conversamos sin premeditación Ya podíamos mirarnos, aún permaneciendo en silencio, como si hubiéramos asistido a la consagración de la esperanza.

Entonces, saqué del bolsillo de la camisa la pequeña edición de El Corneta de Rilke.

Nos habíamos acostumbrado a la efervescencia de las lecturas, y éstas nos permitían otro juego: revivir las escenas de los libros como si fuéramos parte de la trama, porque remarcaba la prueba de nuestros sueños. Ahora, atravesábamos bosques luminosos colmados de seres inefables, Siddhartha tendía la red de las palabras sobre una cascada de voces, cambiando la piel hasta no ser más que una mota de polvo en el aire; las manos de Arjuna vibraban en la flecha con mayor ardor que la mesnada de hombres combatiendo por un destino final; y Sancho reventaba la gula de los tiempos cuando un magro jinete alardeaba en medio de las sombras; pero los pasos furtivos de Raskolnikov, junto a paredes y andamios derruidos, nos mantenían al filo del asombro. Rastreamos las huellas de Tiresias para vivir todas las locuras, el ansia de existir en la leyenda.

 -¿Por qué sonríes? -susurró Andrés.

-Te pareces un poco a él, en los ojos -le contesto, mostrando la foto de Rilke.

Andrés representa el legado de nuestros antepasados que se quedaron en el Mediterráneo en un pedazo de la Isla de Elba. Llegaron del norte de Europa y no era suficiente para nuestra raza, había que ir más hacia el sur. Lo hiperbóreo reclama el trópico para asentarse en otros cuerpos con el misterio de otros ojos. Andrés se torna en silencio. Revisa unos papeles que extrae de las faltriqueras, los estruja formando una especie de bola para tirarla al cesto de basura. Sin embargo, es un amago. Los va abriendo (desanudando, creo que la palabra) frente a nosotros sin dejar de observarlos. Algo me dice que ya no lo volveremos a ver. Él calla con firmeza en el rostro, pero mis hermanas y nuestra madre se echan a llorar.

III

Solemos subir a los cerros, serpear los caminos y allegarnos hasta la cruz, con nuestros papagayos debajo del brazo. El zinc de las casas lanza destellos de tanto en tanto, pero, en lo alto la abigarrada hueste de muchachos ya había comenzado a elevar esos pedazos de papel contra el tibio día de mayo. Nos sentamos en un recodo a mirar el centelleo de colores y formas de las nubes. Sentimos tanta alegría observando cómo muchas de las veces no alcanzamos a los grupos porque la tarde los dispersa hacia el valle, cuando el sol de los venados cae como un cuchillo entre los zanjones.

Los techos de las casas difuminados por la niebla como un surtidor de sombras en la tarde y los siete sonidos sordos del reloj de la iglesia nos devuelven a la realidad.

Andrés se ha quedado en silencio sobre las rocas. El papagayo zigzaguea. Se eleva ondulante y se detiene en lo alto, tan alto que ya antes de perderse en la bruma, parece un punto vertical, hondo, como la punta de una flecha hacia las nubes; pero de pronto ya no hay nada, sólo la noche.

Cubrimos la cuesta en un trote acompasado junto al rasgar de los grillos y los guijarros que por momento triscan la pendiente. Andrés piensa: Tantas estrellas, si uno pudiera mantener el ánimo toda la vida para describir estas cosas, estos lugares, andar siempre con los míos, bajar al río y construir pozos y quedarnos en el agua embelesados por la corriente, hacia los cañaverales, por entre las vegas, entre los bagazos de caña en los recodos de los trapiches, dejándonos atraer por los vapores de la caña en la molienda, la mezcla de la cal y el zumbido de la abejas, todo confundido en un sabor a hojas, helechos, pinos y cedros con los sudores de los obreros que remueven el guarapo en los pailones, uno a uno, hasta que la densidad de la miel rellena los cucuruchos.

No he querido perturbar el silencio de mi hermano. Conozco sus pensamientos. Por dónde vaga en estos momentos, saltando y gritando desde siempre junto al pozo, subiendo al puente para lanzarse perfectamente al agua. Pero nunca he comprendido el porqué las fiestas de la Cruz de mayo, Él, en un arrebato de alegría, oprime contra su pecho la madeja de hilos para luego dejarlos correr por entre los dedos hasta que el roce abrasivo marca surcos rojizos en las manos. Es implacable en su desprendimiento porque anhela alcanzar el último rincón de las montañas. Cuando regresemos, sé de alguna manera, que Andrés ya no estará conmigo.

IV

La luna muestra sus dominios en el cielo. Los aleros se alinean en sombras perfectas sobre el patio. A la puerta del cuarto de nuestra madre, mis hermanas aguzan los oídos para tratar de escuchar todo cuanto ocurre en la habitación. La partera llegó a la tarde. La vimos atravesar el zaguán, luego el corredor y, finalmente, entró a la sala contigua a la habitación de nuestra madre. Aunque éste es el recorrido que hacen todas las personas que nos visitan, para nosotros la presencia de Angélica, la partera, motiva curiosidad y pensamientos diversos en nuestras conversaciones…El ajetreo nervioso de las abuelas y de nuestro padre nos mantienen en vilo hasta muy entrada la noche.

Año tras año, he visto a esta mujer escurrirse silenciosamente como una delgada hoja llevada por el viento a muchos lugares, sin que exista otro propósito que no sea el de su oficio de cuidar el nacimiento de los niños. ¿En cuántas casas sus manos han prodigado el primer calor terrestre, la primera caricia extraña y las palabras que nos dan pertenencia entre aquellas gentes cuyo amor sentiremos más tarde? Y, sin embargo, pienso que nunca ha sido feliz. Es tosca y huraña en el trato con la gente: despectiva, hiriente y no pocas veces procaz, alardea de su profesión y de ser la única partera del pueblo. Nadie contradice sus órdenes. No obstante, se llena de rubores y los ojos la resplandecen cuando el calor de los recién nacidos llega a sus manos. Seguramente, adopta a cada niño en su corazón rindiéndoles toda clase de mimos y palabras lisonjeras, llenas de gracia y mansedumbre. Tal vez, por esa razón, los muchachos del pueblo la visitan con más frecuencia de lo normal, aunque ella, a medida que los ve crecer, los aleja con indiferencia.

Su casa colinda con la nuestra, tiene un jardín central con manzanos y orquídeas, y unos conejos que parecen motas saltarinas escurriéndose fugazmente por las habitaciones; un pasillo que sigue sin interrupción hacia la sala, el comedor y la cocina, para encontrarse, finalmente, un solar atravesado por tapias gastadas, semejando ruinas antiquísimas. Esta tarde, cuando fui a buscarla, me asechaba esta retahíla de imágenes. Estaba confiado en esta nueva oportunidad para revivir el laberinto de formas y olores que los años han restañado en las paredes, las puertas y en los remolinos que surgen abruptamente, como hipos terrestres en el centro del jardín. Obviamente, la imaginación trepa a las cornisas, los pescantes y las columnas de madera sobre las cuales penden figurillas de madera y de cristal orladas con cintas de colores.

Esta abigarrada disposición de los objetos tenía su encanto, como si al poner los pies en aquel sitio se estuviera de pronto ante un templo. Una vez más, llegué a corroborarlo. Me parecía, de pronto, estar en presencia de un mural gótico abandonado por la indolencia de algún artista o, es posible, que las numerosas restauraciones efectuadas a lo largo de los años lo trastrocaron de la versión original. En fin, como remate de esa visión inenarrable, resaltaban unas manotas de mármol sobre un pedestal de caracolas y una lanza que, suspendida del techo por un cordel, parecía a punto de atravesar a los incautos visitantes. Hecha esta observación, se podría decir que nada cambia en esta casa. De alguna manera, representa exactamente cada rincón del pueblo. Las cosas parecen estar retraídas del tiempo que sólo acceden al reclamo del reloj de la iglesia, pues nunca deja de cumplir con su cita horaria de todos los días.

No recuerdo haber visto morir a los ancianos, hasta que les fueron quitando una a una las piedras de las calles, hasta que arrancaron los pinos de la plaza, y el río, que antaño fue un turbión de barro, hojas y raíces en las calles, con pátinas cremosas sobre las fachadas de las casas, se fue secando hasta no quedar más que un hilo de agua, entonces el abuelo Blas se dejó caer en la mecedora y comenzó a balancearse con los demás parientes ancianos, luego con los vecinos, finalmente, se regó por todo el pueblo como una enfermedad fatal que arrasó con los viejos.

La neblina se desliza por la piel. Pero el frío no se impone a nuestra voluntad de permanecer unidos. Elsy es la mayor. Siempre lleva el cabello suelto porque es sedoso y difícil de trenzar; sin embargo, hay un dejo de tristeza en su rostro cuando peina los cabellos de sus hermanas. Creo que le hubiera gustado ser actriz. Tenía pretextos de sobra para dar representaciones en el patio de la casa. La veíamos girar en puntillas, como una danzarina perfecta, con movimientos gráciles que copiaba de las películas que rodaban en el cine; seguramente, cuando abría los figurines y aparecían las modelos con los trajes que imaginaba, se veía bailando en salones que aún no conocía y la música era leve como el aire de los eucaliptos y el serpear del agua sobre las piedras del río. La acompañábamos con vítores y aplausos cuando el Danubio Azul emergía por la boca del gramófono, acelerándonos el corazón.

Si sólo pudiera ver los ojos de mi madre -dijo, quedamente. He compuesto su cama con sábanas blancas, muy blancas; en el aguamanil, la jarra con agua del tinajero y jabón de la tierra. Ahora, sólo nos queda esta espesa y redonda quietud que nos vigila desde el cielo.

En el escarceo de la luz y la neblina ve la imagen del abuelo Blas. Cierra los ojos, pues comprende que es sólo la sombra de otras sombras siguiendo la ruta del viento hacia el solar de la casa, como si fuera un sueño que la noche trasiega hacia los confines de las estrellas. Contempla el rostro de las hermanas con emociones contenidas. Todas -aún no lo saben- son parte de una escena de un tiempo inmemorial.

Marlene sigue pegada a la puerta, parece una estampita de navidad, pues sus ojos negros alientan un tinte especial, casi indefinido. Son como brasas luminosas en el centro del patio, que le roban el fulgor a la luna… ¿Por qué estamos tan calladas? – reflexiona – Oigo pasos en el cuarto. No. Alguien corre. ¿Por qué estamos allí? Esta tarde nuestra madre se ha puesto bonita. Frente al espejo el carmín le ha dado fronda de pomarrosa, y la mota de polvo le ha cubierto la tristeza de los días.

Pero es un recuerdo fugaz, porque ahora surgen los arcos del patio, las hojas espejeantes del limonero y las calzadas que dan hacia las habitaciones contiguas, cuando el frío cae de lleno sobre su cara. Va acurrucándose lentamente, como si tratara de formar un ovillo, y hunde su pequeño rostro en el cuenco de las manos.

Alfa Marina (El principio del mar -según nuestro padre- o simplemente arroyo, río o fuente de donde proviene la vida.) piensa que nos preparemos para las misa de gallos, para ella el tiempo no tiene aún forma ni sentido. Hace algunos días habíamos dejado la navidad con sus pesebres, las fiestas familiares y los parranderos que de puerta en puerta cantaban los aguinaldos, ahora el año nuevo luce galas de esperanza en cada uno de nosotros. Ella trata de percibir los rumores sordos de la habitación. Las tejas sobre los techos de la casa rumorean los verdores del musgo, los ocres difuminados de la luna contra la rampa del comedor y sobre las frondas de los helechos, las orquídeas y el limonero.

Un ruido metálico y profundo, como peñasco dando tumbos por las hondonadas del cerro, reverberando sin fin por los campos, la ha devuelto a la realidad. Sigilosa, con un dedo en los labios marca el silencio, porque quería escuchar… ¿Qué pasará? -se dijo- ¿Por qué Arnoldo está tan callado? Acaso él, que nos ha visto nacer a todas, reconozca este sagrado instante como el único de toda la vida del ser humano digno de ser recordado por siempre. ¡Oh, esa luna, por qué brilla tanto!

La más pequeña tiene el nombre de una virgen, más parecida a una imagen de Boticelli, con bucles dorados y ojos azules, que su homónima de las estampitas religiosas, seguramente nunca tuvo. Asunción recibirá los días por venir con una mezcla de alegría y soledad que apenas comienza a presentir. Sólo escuchaba el rasgar de telas y el vaho del alcohol confundido con el vapor del agua, y los pasos y las voces en el interior de la habitación. Tal vez, ella no lo recuerde, y no tendría por qué hacerlo. La semana anterior a su nacimiento, Carache fue sacudido por el terremoto de El Tocuyo. La madre había subido a una mesa para tratar de cambiar una bombilla. Hizo varias cabriolas en el aire y, seguidamente, rodó por tierra cuando el pueblo empezó a caerse a pedazos. Los cerros descendían y las calles se alineaban con los cerros. Esa noche la plaza y los solares fueron cubiertos con carpas hasta que la gente se repuso y regresó a las casas.

“Es un niño”, -exclama la partera.

Todos nos miramos largamente sin atrevernos a interrumpir el eco de los pasos que se agitan en la habitación. Lentamente, con el sigilo que nos había mantenido en vilo, nos marchamos. Nunca más volvimos a hablar de ese momento tan parecido ahora, cuando todos, arrebatados por los sonidos del corazón de nuestro hermano, nos hemos quedado nuevamente en silencio.





De El resplandor, 1996.



José Francisco Ortiz Morillo

UN MISMO RÍO




UN MISMO RÍO

 
George Inness (1825-1894). Pintor estadounidense. Twilight, ca. 1860




     Me he bañado en el Leteo,
     ya no hay escarbaduras
     que laceren mi piel,
     no hablo de abandono
     sino de una lonja de sueño
     que aspira
     las volutas del olvido.
     Detrás de tantas humaredas,
     el hombre,
     al fin en su libertad nacida.



 Santa Cruz de Mara, 22/6/2012.



José Francisco Ortiz Morillo.


jueves, 5 de julio de 2012

CUANDO MUERA



CUANDO MUERA


 
René Magritte (1898 - 1967). Pintor belga. L'au dela, 1938



Cuando muera
no habrá horas
para marcar mi fuga,
no habrá sacerdotes
que remuevan las hojas,
ni vírgenes,
ni santos,
habrá un silencio oculto
con ansias de gritar.



De: Bajo esta soledad (1972)



José Francisco Ortiz

miércoles, 4 de julio de 2012

A QUIEN CORRESPONDA.



A QUIEN CORRESPONDA.




No quisiera que en mi país, ni en otro lugar del mundo, hubiera odios y separaciones entre hermanos; no quisiera que las enfermizas luchas políticas nos arrebaten los días de gloria de humana vida, no quisiera, en fin, que la lengua altisonante de cualesquiera de los bandos se imponga sobre la sindéresis y el cuidado que debe recibir el corazón de nuestra juventud.

Tal vez, mis cansados ojos no hagan la lectura correcta de este tiempo y no entienda que lo humano en su riesgo sea su propia víctima y victimario, como esos árboles que se despojan de sus ramas, y sus hojas en un erial de sombra carcomida sean el abono que lo haga resurgir de la nada hacia las alturas.

Todo es posible, pero a riesgo de no poder descifrar la trama de la historia, apelo a la voluntad humana para que no haya presos políticos, ni hoy ni mañana, en las cárceles del mundo. Vayan pues estas palabras, para unirme al ruego por la libertad de Iván Simonovis.


Mas este ruego es posible porque soy un hombre que entiende la libertad como un proceso, porque el hombre es un proceso de construcción infinita desde su individualidad y porque le asiste un compromiso que no puede ser hipotecado con parcialidad alguna. No quiero crear falsas expectativas y que se me tome por un iluso en la turbiedad de las aguas. Ya lo he dicho en otras oportunidades –nunca está demás su reiteración– no me agradan muchas de las acciones de este gobierno, pero, al mismo tiempo, he celebrado sus aciertos; no comparto la vociferante alarma de la oposición porque tengo la edad suficiente para conocer, no por mi profesión de comunicador, sino por mi experiencia de tantos años que, también, hay engaño en ese discurso tibio, mezcla de bonanza pendenciera de la cual, seguramente, mañana habrá arrepentimientos.

Es mi conciencia la que habla, no tengo compromisos con nadie, “sólo la verdad os hará libres”, dijo alguien sumamente importante, y así lo he entendido, y, al mismo tiempo, sé que esa libertad sólo es posible en el recipiente de las sociedades que no están atadas al juego epocal de los mesianismos desorbitados.

Santa Cruz de Mara, 1/7/2012

José Francisco Ortiz Morillo.

POEMA



POEMA

Odilon Redon (1840-1916). Pintor francés. Landscape with sunset, 1868.



     Sobre las páginas en blanco
     esta lenta vibración de las palabras,
     este juego inconcluso, incesante,
     de la precaria insinuación del poema.
     En cielos espejeantes
     como un señuelo de despojos
     la muerte vaga entre las sombras.


 De: Cantares (1986)


José Francisco Ortiz.

martes, 3 de julio de 2012

I.



I





Gabriel Bracho (Los Puertos de Altagracia, EdoZulia,1915 - Maracaibo, 1995). Pintor venezolano..
Nacimiento de El Silencio, 1940.





 He andado en esta tarde por las tierras de El Dorado. He conocido sus
reyes, sus esclavos hendidos en el azufre que baña sus huesos con
fulgor de extraña hierba. He alcanzado una antigua calle que lleva
irredenta al recinto de hombres sagrados conmovidos por la liturgia de
sus dioses implacables, con ardor de metales hundiéndose en alfabetos
y números.
He conocido ciudades blancas como el aire que las atraviesa
ascendiendo entre bosques y columnatas sin tregua sobre pendientes y
cascadas luminosas, como una feria antigua donde dulces mendigos se
dan un abrazo como si fueran hermanos.
Vivo en este lugar, a la orilla de un lago, junto a las voces que me
presienten cuando una larga ola rasga el silencio.
Sé que por las noches esta llama será un velo tendido en la memoria.


De: Poemas del mediodía (1990)


José Francisco Ortiz Morillo


domingo, 1 de julio de 2012

MUNDO DIGITAL.



MUNDO DIGITAL

André Kertész (Budapest, Hungría, 1894 - Nueva York, Estados Unidos,  1985). Fotógrafo húngaro.



En nuestros estudios de primaria ya contábamos con las tablas que usan los escolares de ahora. Era una maravillosa pizarrita, en blanco y negro o gris porque el mouse era un plomillo que servía de lápiz o creyón para escribir y dibujar las lecciones que el servidor nos enviaba (la maestra Chepina) y recibíamos en alta definición, sin las trampas de la publicidad, de los emoticones y de los spam que pululan en las redes, amén, por supuesto, del canto de los pájaros, del viento helado que se colaban por las puertas, y los cuchicheos propios de la edad en un salón de clases.

¡Cómo aparecían de pronto, llevadas por nuestra nerviosa mano las historias, los bordes de la geografía, las matemáticas danzantes y las palabras cancioneras con el sonido elemental y humano de nuestra maestra!

Bastaba que, atraídos por nuestra curiosidad, aparecieran en 3D los cerros, el cascabeleo de los potros en el empedrado de las calles, y la humedad rampante de los árboles cuando se agitaba la mañana; el olor del pan, de las mieles que rondaban al pueblo desde los ingenios y los cañaverales.

Y, sin embargo, había algo mágico en aquella pizarrita, porque aunque entre una y otra lección debíamos borrar, todo quedaba en la magna red de la naturaleza a nuestra disposición...

Oh, días sagrados que nos ensañaron el valor de la vida y por tanta fortuna, haber sido hijos de la memoria.


Santa Cruz de Mara, 24/6/2012.


José Francisco Ortiz Morillo.


viernes, 29 de junio de 2012

CANTO





CANTO



Emilio Boggio (Caracas, Venezuela, 21 de mayo de 1857 - Auvers-sur-Oise, Francia, 7 de junio de 1920). Pintor venezolano.




Canto
con las palabras que forjaron en la niñez
las nudosas manos
de artesanos armados de prodigio,
que descubrieron en el trigo
la efervescencia del pan entre los hornos
calentados dulcemente en las mañanas
como si estuvieran renaciendo en el instante
en los fogones donde se consagra la comida
y la repartían en recipientes de arcilla,
y luego hablaban de las cosas más triviales
para formar el mundo
que guardaron sus ojos para siempre
en cada uno de nosotros.

¡Qué magnífica emoción
en el tiempo previsto para las faenas!
Y no sólo bastaba el deseo
ni la añoranza
ni el mirar las cumbres
en los caminos agrarios
que nos traían toda la vida
y que alguna vez recorrimos
al lado del sembrador y del arado perenne.

Nunca podré reconocer lo suficiente,
como una garantía cálida de progreso,
el suelo donde andan nuestros pasos.

Ahora las gentes hablan de cibernética
aventados e indolentes en sus pequeños espacios
en los máximos edificios
que destellan sobre los cristales
la embriaguez de los hábitos nocturnos
como si se tratara de un lugar extranjero.



De: Cantares (1986).



José Francisco Ortiz