ARTÍCULOS DE PRENSA

EL ROSTRO DE VENEZUELA
(Publicado en el diario La verdad, 3 /6/1998)
José Francisco Ortiz
Una de las grandes tragedias (que ya son muchas) de Venezuela, es que la última dictadura acabó con gran parte de nuestros mejores hombres, quedando sólo algunos marcados por la conciencia de una voluntad a toda prueba en el merecimiento de prepararnos como nación sólida, pero, igualmente, aparecieron los adoradores del poder y del beneficio del poder, sin importarles jamás la nación.
Cuando Uslar Pietri y Rafael Caldera expresan hasta la saciedad que el trabajo es la única salvación, no sólo se refieren al esfuerzo físico y su retribución crematística, sino a la necesidad de forjar la construcción permanente de un país independiente y sólido, justamente, en la formación ética y científica de todos sus individuos.
Si dependiésemos nada más del mecánico oficio de la faena o la mera disertación intelectual, estaríamos llamados al fracaso, pero de lo que se trata, obviamente, es de un acto comunitario de espíritu y de grandeza para definir la noción de pueblo.
En sentido estricto: en la grandeza de la vida, con cierto orgullo por una manifiesta y prolongada visión actuante y decisoria de lo permanente y justo del destino colectivo. Y, sin embargo, mi país, pierde sus días en diatribas de la más rayana e infecunda palabrería política, como si el alma de los venezolanos no estuviera ya entumecida de abalorios y contingencias.
Así, nos preguntamos: ¿Por cuáles poros respira la patria? ¿Por cuáles caminos desanda la historia de los que amanecen a las puertas del campo, de las fábricas, de las escuelas? ¿Quién hablará por esos niños y mujeres que descasta la vida y en continua marea aparecen en las avenidas de nuestras lujosas ciudades para ser engullidos por una economía sin piel humana?
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Un mitin político |
(Publicado también como "La mirada inocente" en el diario Panorama, de Maracaibo, 16/6/1993)
CONTRANOTAS
Contranota
CRÓNICAS DE CARACHE
Fotografía: Carlos Arrieche
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¿Quién no ha tenido un río en la
infancia para prolongar los sueños y la imaginación? Si el mar es el sitio de
la memoria, del regazo materno, el río es el disparo contra la oquedad del
destino. Allá van nuestros más recónditas ensoñaciones.
Minumboc es un hilo de agua (no
sé si aún existe porque lo han ido tupiendo los desechos del progreso) que me
ata a mi lugar de origen, Carache. Entre
montañas y neblinadas tardes de otros tiempos, cuando el cielo abría sus compuertas
y las nubes anegaban las calles con un turbión cremoso que empastelaba las
paredes, y la esperanza bajaba por los pastales y peñascos arrasados: “Estamos
en un círculo de montañas / hendidos en la penumbra de la lluvia / con unos
sorbos de café / mientras la niebla / nos habla de los ausentes / que se
encuentran solos / en el viejo cementerio de La Playa / profundos y sonoros /
en el campanario del pueblo, / pero a ellos nada les resiente / ni la humedad
de laderas y quebradas, / están cobijados en los montes / que el viento lleva
silbantes. / Sólo mis pasos junto a sus lechos / sin que los pinos / y tantos
rostros en el aire / presientan la devastada soledad del corazón” (Cantares,
1987)
Luego, nuestro padre – obrero
petrolero, que la reversión jamás pagará sus noches expectantes frente el trepidar
de máquinas, humo y aceite – nos condujo a estos lugares de agua mansa. Y Yo,
que nunca había visto tantos espejos restallantes bajo el sol, y tanto rumor de
arenas y hojas blandiendo en el horizonte, no podía creer que tanta dimensión
cupiera en un mismo sitio.
Nunca me alejé de aquellos
cerros, ni de los valles. Había un reclamo a la memoria de los sonidos, los
olores y sabores (Baudelaire) de una naturaleza que nos cruzaba palmo a palmo
la piel. Pero tampoco he abandonado esta tierra zuliana donde han nacido y
crecen mis poemas. Una ciudad que es el horizonte mismo, una ardorosa costumbre
de llamarse Maracaibo, y ser justamente el equilibrio de la memoriosa claridad
que sobre las rampas del viento nos vistió de sal alguna vez en otredad, para guardar
el nombre mágico del lago.
El río y el lago han venido
haciendo su trabajo en silencio, horadando sin cesar la vida para transmutarla
en otra que nos viene con los años, sin darnos cuenta – casi nunca nos
enteramos – de cuánto ha trasegado la sangre por los cauces de la naturaleza
como un Heráclito irredento en la profundidad del recuerdo. Incluso, para
alguien que trabaja con greda de los sueños, sólo es dado reconocer que no hay
dos momentos exactos y que el azar es infinito. Que ama, sin embargo, el rostro
luminoso de lo viviente: fraguado en el pozo del inconsciente colectivo para
restituirse en el alma individual, para avistar en las vigilias los fulgurantes
trazos de una caligrafía inmarcesible.
Jesús Quevedo Durán fue el
cronista de Carache, labor truncada por la muerte cuando se dedicaba con pasión
a recuperar los papeles de su pueblo; reconstruir la historia y los recuerdos
de las gentes que hicieron y hacen posible la existencia carachense. Las he
revivido en cada una de esas páginas escritas con el acento del hombre de
montaña. Como fantasmas se han cruzado en mis pensamientos: memorables duendes
de la infancia, crónica familiar y recodo de ausencia, donde acrecen los días
perennes del arado.
Maracaibo, diario Panorama. 2000.
Contranota
LOS NERVIOS DEL GOBIERNO
A todos nos atrae la idea del
poder. A lo largo de la vida, medra como una hiena alucinada en los pliegues de
nuestra naturaleza, sin que nos resistamos a sus cambiantes formas angélicas,
demoníacas y humanas. Sea cual fuere la estirpe del pensamiento y la actitud
del hombre, una amenaza más fuerte que su representación del mundo, acude a
resquebrajar el sentido de sus andanzas por la tierra, incluso del poder mismo
que nunca quiere ser aprisionado a la voluntad de nadie.
No hay página donde no esté
descrito, con harta evidencia, este aturdimiento de los sentidos, esta
desmemoria de la voluntad y cómo, en muchos casos, tangencialmente se oculta
para surgir con nuevos bríos y mostrar su absoluta preeminencia sobre la
realidad. Es tanta la presunción de un alma alcanzada por esta idea que termina
por convertirse en un acto de fe, donde cree descubrir por designio de los
dioses la señal de una nueva estirpe. Cualquier tinta no se acomoda a la grafía
de sus actos, de suyo históricos; y todo cuanto su pensamiento aborde terminará
imantado por el porvenir. Así el poder, bajo las premisas del más rayano
positivismo, termina en metafísica grandilocuente.
Héroes, santos, poetas y
criminales alcanzan, por vías distintas, el destino de sus ambiciones. Como a
las libélulas se los ve crepitar en la llama. Y nadie recordará ya más aquellos
emblemas de las masas, porque éstas tienen la "memoria menguada". Son
insaciables en su búsqueda de líderes y mártires. En definitiva, es otra forma
de poder.
James Frazer, nos advierte la
magnitud de este estigma. En el templo de Némesis hay un árbol de hojas
doradas, un sacerdote lo custodia día y noche para que nadie corte sus ramas.
Sólo un esclavo puede hacerlo y, luego de enfrentar a muerte al protector del
templo, puede reinar. Otro esclavo habrá de venir para continuar con el rito.
La historia se cumple sin término en el tiempo.
Por esta razón Los nervios del
gobierno de Karl W. Deustch, es un libro de conciencia política aplicada a los
modelos de comunicación, de lectura obligada para aquellos que sienten que la
vida vale la pena ser vivida, que las relaciones humanas surgieron, de alguna
manera de tendencias biofílicas, que deben ser resguardadas porque, "en un
sentido, ésta es una decisión existencial. Quienes optan por las sendas
abiertas y por la vida no pueden convencer mediante ningún razonamiento lógico
deductivo a quienes deliberadamente eligen la muerte, la autoclausura u otras
formas de autodestrucción".
Maracaibo, diario La
Verdad y diario Panorama, 2000.
Contranota
SER PRESIDENTE
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Mario Briceño Iragorry
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Mi paisano, Mario Briceño
Iragorry, me convenció de lo duro que es ser presidente. El 15 de septiembre me
encontraba representando a la Universidad del Zulia, en los actos celebratorios
del centenario del nacimiento del ilustre escritor, en el Panteón Nacional. La
cita estaba prevista hacia las nueve de la mañana, pero mi costumbre de hombre
de provincia – alborear para recoger todas las sensaciones posibles del día –
me llevó dos horas antes al venerable recinto. Debí pues, atravesar la barrera
militar y demás funcionarios que suelen encontrarse en estos eventos. Al subir
las gradas, se me permitió el acceso sin ningún inconveniente.
Me dediqué, entonces, a repasar
en la memoria el formidable espectáculo que por todas partes, ante la mirada
inquieta, me ofrecía aquel ámbito de monumentos y nombres grabados de
nacionalidad. Una palmada sobre mi hombro me despertó del asombro. “Señor
presidente” –concluyó una voz. Se trataba de un joven funcionario de protocolo
que me invitaba a participar de aquella actividad lúdica de repasar el guión
del ceremonial, y en donde debía desempeñar el papel de presidente. Pensé que
se trataba de una broma.
Sin embargo, fui conducido a la
entrada del Panteón, no sin antes darme todas las explicaciones y fórmulas que
constituyen las reglas del juego para ser un buen presidente. No basta con ser
la mujer del César – me dije, recordando la tradición romana – sino que hay que
parecerlo. Pues, ni modo, a ser presidente.
El joven habla con el comandante,
y éste con absoluta parquedad como si tratara de una secuencia advertida en el
tiempo, mirando la formación castrense, dijo: He aquí la imagen del presidente.
Saludos. Apretones de manos. Flanqueado por el general y el funcionario de
ceremonial mis pasos recorrieron las huellas de nuestro pasado. Allí, al lado
de la silla presidencial había tenido un sueño: El presidente, a finales de su
primer mandato, había recibo la carta de un joven que, con orgullo, le escribía
para reconocerle el mérito de haber concluido con ese pasaje trágico de la
guerrilla y haberle devuelto al país el sosiego y la paz necesaria para abrir
una nueva senda. A lo largo de estos años le he visto erguirse y luchar. Tal
vez ahora esté muy solo. O, ciertamente, en esta hora grave lo acompañen
verdaderos amigos. Es difícil, cuando el poder está por concluir, que la gente
sea la misma.
En mi caso – de esa generación
que viene de los sesenta – reconozco que mucho de mi pensamiento está marcado
por sus ideales. Y, sin embargo, sé que su tarea quedaría trunca si no lograra
los cambios fundamentales que exige el sistema educacional venezolano para que
la juventud tenga un destino más cierto, para que las familias sientan
restituido su papel fundamental en la orientación de la sociedad y para que el
sentido de pertenencia del país vuelva a cada mesa donde se sirve el pan de las
palabras nuestras, algunas de de nuestras palabras, según el sagrado decir de
Eugenio Montejo.
Este año, como en tantos otros,
traerá el correo la tarjeta de navidad del señor Presidente. Estarán las
firmas: Alicia Pietri de Caldera – Rafael Caldera. Simplemente como siempre,
con las frases de una pareja que sólo ha vivido por Venezuela.
*La presente
crónica fue publicada en el diario Panorama de nuestra región (1997)
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