REPRESENTACIÓN
Y MEMORIA
EN BRICEÑO
GUERRERO
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J. M. Briceño Guerrero
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Amor y terror en las palabras.
Toda mirada es un riesgo infinito de
esperar y desagregar en el espacio la fuerza de la costumbre. Es desplegar una
a una las páginas de un libro del cual aún no tenemos referencias, y las
páginas las suponemos en blanco, cuando, ciertamente, ya han sido elaboradas
pacientemente en la memoria.
Alguien,
extrañamente dentro de nosotros, escribe sin descanso. Dentro de esa vastedad
de sombras, una debe de imponerse. Una sombra que aspira a lo alto,
enseñorearse en ese tránsito de ser guía a las que ceden el paso. Rumorear en
notas imprecisas el hálito de una canción futura. Es una terca ilusión que
encadena y libera. Encadena porque hace posible los mundos de la creación
estética; libera porque lo humano se descubre en el abismo de las intuiciones.
Por supuesto,
constatamos en la literatura la grandeza y las miserias de una nación. Y aunque
la pasión por la desmesura insista sobre el largo camino de las sociedades
humanas, es casi seguro que nunca hayamos renunciado a los recónditos temores
que surgen del poder de las palabras. Toda literatura regresa a la cantera de
la imaginación para batir la mezcla del pensamiento.
Toda
aproximación a la obra artística debe de considerar dos niveles: la
representación (espacio) y la imaginación (memoria). Todas aquellas cosas que
se nos muestran como una estructura están marcadas por la figura sobre un fondo
real, pertenecen al pensamiento; aquellas cosas que devienen por fuerza del
recuerdo o que insufladas de la emoción o surgidas de un acto intuitivo
permanecen como imágenes originarias, pertenecen al mundo del arte: ambos
espacios no son compartimientos estancos o que obran aisladamente como si el
hombre no fuera una unidad en sí mismo; es natural que Briceño Guerrero,
como todo creador, trabaje en dos niveles. Y aunque insista en lo fático
de su relación con la signatura del mundo, obra más en las proporciones de
una poética subyugada por el mito.
Este es un
texto armado de claves. Desde el epígrafe de Heráclito, la justificación
de un prólogo que establece distancia con el autor y el enunciado narrativo
frente a las ideas, aunque se trate del mismo autor, y en este
sentido Heráclito viene en nuestra ayuda, pues quien escribe el libro y el
prólogo son el mismo, en la corriente de la vida, es decir, el tiempo como río,
dos imágenes se superponen en la distancia: el niño y el anciano.
También,
el nombrar los capítulos con letras hebreas es arma eficaz contra los
cielos de la costumbre. Se trata, en efecto, de un hombre de cultura sólida que
no va solo al encuentro del niño que está en la otra orilla del río,
esperándolo en el reino. El discurso se abre y discurre desde la sapiencia,
desde la cosa conocida como práctica de la racionalidad que bordea la dimensión
temporal del recuerdo hacia el orbe mítico de los lugares cercanos a las
primeras experiencias: los seres familiares, los amigos, la naturaleza en su
plenitud vegetal y mineral, la escuela y las palabras.
La signatura:
los signos, las palabras (las que encubren, las que brillan como los celajes
bajo el temblor de la luna, las que inventa y lo crean en el instante vegetal
de una magnolia redonda y serpeante en el jardín de la infancia); la signatura
del cuerpo en el fulgor exacto de las manos que recorren un nuevo discurso en
el terror del verbo liberado: la conveniencia insiste sobre las huellas que los
ojos inventan.
Autor y lector
se emulan en el espejo del idioma. La escritura navega por las venas del
imaginario y ambos son solidarios de una misma representación. Una tríada
converge y se difunde a lo largo del texto: Tiempo-narrador-reino. Tiempo y
reino están fundidos en la conciencia del narrador que sólo aspira al encuentro
del absoluto.
José Francisco Ortiz
Santa Cruz de
Mara 13/4/2011