miércoles, 18 de enero de 2012

LOS MURALES DE ABRIL


Manuel Cabré (España, 1890-Venezuela, 1984). Pintor venezolano




La noche se había esfumado, y los albores del día penetraban como alfileres sobre mis ojos, luego de horas de fiebre intermitente, escalofríos y un sueño recurrente que fui armando al despertar. Me encontraba en una caminata sin tregua por montes de un verdoso pálido, cubierto de lianas que descendían de los árboles y tejían una especie de red sin fin, luego, remontando los alcores que me llevaron a una serranía, una fuente de agua acentuaba el rumbo de un río a lo largo de prados de fieras y pálidas aves en la vastedad de aquellas tierras donde escuchaba el rumor de  cascadas, y el viento que golpeaba los muros de las montañas al barrer sin tregua las arenas ardientes, y sobre los collados un cielo brumoso anunciaba la tempestad, y sin que pudiera atender a otros signos fui atraído, en un momento que no puedo recordar, hacia un sendero que concluía en  una caverna iluminada por antorchas y flamígeros insectos, el viento era apacible. En un lugar impreciso estaba un monje, tenía la cabeza rapada y en actitud contemplativa miraba las piezas quietas del ajedrez. El tablero parecía esculpido en la roca y las piezas eran de mármol. Me esperaba, estoy seguro. Sin ofrecer resistencia, compartí aquella partida. Estaba frente a un maestro. Llegado al punto en que debía dar el mate, levantó su rostro y me pidió que me quedara en aquel lugar. Sorprendido, fui retrocediendo hasta salir del recinto. El viento giró con insistencia y su estado armónico se tornó violento.  Una puerta de cristal se interpuso entre los dos, y antes de alejarme definitivamente, observé en aquel hombre un halo indefinido de pesar.

Jeroen Anthoniszoon van Aeken, conocido como El Bosco o Jerónimo Bosch, pintor neerlandés (1450 - 1516) – El Jardín de las Delicias


Ahora, en la vigilia, intentaré recuperar esas imágenes. Es posible que algunas me acompañan desde la niñez y hayan germinado en esas afiebrabas horas, pues sólo acepto la realidad que precede a mis temblores e inconsciencia. Seguramente el sueño rebasa mis estados de ánimo, y prolongue una experiencia innominada, una ardorosa experiencia de lector que, de alguna manera, se apropia de las escenas, personajes y palabras para construir el mundo que su espíritu anhela frente a las barreras de la cotidianidad. Tal vez, ésta sea la única explicación, como respuesta al zumbido  de los insectos que aún en la vigilia me persiguen y me recuerdan a un libro antiguo que apareció inopinadamente sobre mi escritorio. Por ahora no encuentro la analogía entre aquellos insectos y el libro.  Supondré que forma parte  de la ilustración que aparece en la portada, una imagen del tríptico de El Bosco. El libro es una especie de regalo, no me refiero a un incunable o cosa parecida, tal vez una edición más cercana en el tiempo. Alguien lo envió, y no sé quién, porque no hay membrete ni etiqueta que indicara o diera señales de su remitente y del lugar de procedencia, y, sin embargo, ya no me era extraño porque con cierta frecuencia llegan paquetes con libros, revistas y alguno que otro pasquín con escritos de historias inacabadas, especie de bocetos que tratan de informarme de un escritor apasionado que prefiere el anonimato. Con el tiempo he apreciado su buen gusto, su prosa amena y a ratos cáustica, sin que por ello pierda la opacidad de la costumbre de un individuo constreñido a las maneras tardas de los pueblos del mar, esa es, por lo menos, la respuesta que me doy después de tantas  cavilaciones acerca de este amigo ausente que lleva, eso pienso, un registro pormenorizado de mis actividades domésticas y particulares, y llega expectante a morder la hora. Cada obsequio es una fiel representación de la caja de Pandora. Siempre abre una nueva puerta. Aunque quisiera definir ese rostro anónimo, trato de consolarme con las fantasías que brotan a torrentes de sus escritos. Cuánto no tardan mis fuerzas en redactar una página, hacerla, deshacerla, tachar, corregir y finalmente romperla para volver de puntillas sobre la sombra de la casa donde suelo instalarme…Es un círculo incesante que corroe mis maneras de ver la literatura. Ciertamente, envidio a este amigo escurridizo que me hace llegar tantos y tantos pliegos escritos impecablemente, sin que proceda a exigirme una respuesta perentoria, es decir ninguna respuesta, y no sé qué hacer con las remesas que casi ocupan toda la habitación y mi biblioteca de donde he sido arrojado por la papelería que la inunda, y se deja venir por la puerta hacia el pasillo como un río crecido hacia las habitaciones…

Si  me arriesgara a detener esa obsesión escritural, si terminara con esa manía implacable que se adueña de mi tiempo y de mi vida, tendría unos días de sol y acamparía en la alameda, sobre la hierba, sin ninguna premura hasta que las horas del atardecer me mostraran las primeras estrellas sobre los  rastros del poniente, y me descubrieran más allá de la vigilia, en los albores del sueño, nunca repararía en las carencias de una buena bolsa de dinero, de la gracia de un puesto burocrático, y no temería a la soledad, al abandono que afectan mi tranquilidad. Tal vez, si llegara a ser protegido por  mecenas que me permitieran vivir a mis anchas, sin otra preocupación que atender a los libros, a su dócil entrega, no tendría que rumiar entre tantas apetencias de la vida doméstica y de las formalidades del vecindario. Pero nada de ello es posible. Y en esto, estoy seguro, no podré alcanzar  la bienaventuranza del autor de estos regalos y escritos que empapelan mi casa.

 Este asunto va más allá de lo común, porque mientras miro el libro  sobre el escritorio,  hago rodeos sin sentido en mis pensamientos, como si de él emanara una fuerza, un cierto poder  sobre mis lejanas búsquedas de nombres, frases y no pocas historias pueblerinas; mientras más ocultas, mejor. Debí de haber escrito "secretas", ¿sería más apropiado?, pero prefiero la palabra “ocultas” porque tiene un sabor enigmático, como de sombra, cosa gris que alienta a la pesquisa, al rastro y a la aparición repentina de no sé qué imagen en la mente, porque habré de decirlo de una vez, la palabra secreta ya no tiene ninguna posibilidad de existir ni en la imaginación ni en la realidad, es como si la nada se hubiera apropiado de su identidad. Hace ya mucho tiempo que la hemos arrojado como un estropajo al desván del olvido por innecesaria y falsa.

Entretenido en estas formas que  se desvanecen, expulsadas de no sé dónde, aparecen otras en un celaje casi inadvertido, recortadas sobre el fondo gris de las paredes, y llego a pensar que éstas no han sido construidas con arcilla, que sus adobes firmemente encalados, que han resistido a graves épocas de innobles usos, han sido abandonadas a un destino cruel, porque al más leve temblor de mi cuerpo, descubren un polvillo azul terroso que se adhiere a la piel, como esos aires que el mar vuelca con las olas y nos salpican con desdén, pero tenía la certeza de que esos afiebrados instantes eran como puertas que se abrían hacia una galería de habitaciones de diferentes tamaños, algunas con sus espacios abiertos; luego, otras  abiertas y sus hojas batientes como las velas de un navío en la tempestad, y en esas formas creía reconocer a la distancia el desamparo de Ulises, en un sinfín de instantes atado al mástil y con los oídos bien abiertos para cancelar las probabilidades del secreto, al dejar a las sirenas ahogadas en su propio canto y, sin proponérselo, abrir el cauce hacia lo oculto; también –me dije, en un intento de reconciliación– que es posible exornar, entre la vehemencia y el desorden de tan abigarradas imágenes, un intento por salir y mostrar plenamente, las correspondencias entre lo humano y lo mítico, derivadas de ese simulacro. Debía conformarme con esta suerte de asombro, de la inutilidad del viaje, más que desventurado del griego. Lo sé, porque (páginas atrás) los marineros preparaban sus estrategias y sonaban sus voces en una especie de alerta, asediados por feroces garras que brotaban como extensiones armadas por un mecanismo desconocido y que resultaba espectacularmente espantoso para aquellos risueños aventureros que desenvainaban sus espadas en un intento fallido por defenderse.  Homero, que es un hombre sabio, sabrá sacarlos de ese atolladero infernal del oprobio y la vergüenza, porque es posible que alguna otra historia se haya cruzado en este vértigo de sombras y unas y otras compartan espacios y tiempos distintos. Reconocía, en la intimidad de mis elucubraciones que, también, Homero me forjaba en las historias que desempolvaba del pasado y, al mismo tiempo, creaba las futuras cernidas en espacios recurrentes, como una galería de espejos, donde me encontraría irremisiblemente apostado,  simple y mortal. Envidiaba a los contemporáneos del egregio escritor que lo conocieron y le estimaron en su elocuencia, salvo los mozalbetes con el acertijo de los piojos,  burlándose de él, como lo hacía  Heráclito, celoso.

 Si por fuerza del destino (pienso)  lográramos toparnos con un autor de nuestro tiempo (en carne y hueso, como dice la expresión coloquial) eso, sería un premio de los dioses, tal como me ocurriría un  día de abril de 1961.

 Atravesando los bancos de niebla de mi imaginación, como un espectro viviente y deleitable de aquellos años de mi adolescencia, cuando estudiaba bachillerato en el liceo Baralt, venía hacia mí. Aquel no era un tiempo para el aturdimiento de los sentidos: vivía en un campo petrolero habitado por familias de obreros. Y no tenías otra experiencia, fuera de aquel campo donde todo estaba previsto y no había necesidad de arriesgarse más allá de sus linderos, amén de las caminatas breves  hacia el poblado de Santa Cruz. Tomábamos el autobús hacia Maracaibo. Religiosamente el itinerario se cumplía cuatro veces al día, y éramos felices.

Me encontraba, entonces, en el frontispicio del liceo. Sus columnas y puertas me parecían que estaban hechas para que allí moraran gigantes; los amplios pasillos conducían a un jardín central o plaza donde germinaba la vida. Miraba a mis compañeros que, venidos de lugares distantes, construían con sus palabras universos para mí inaccesibles, porque aquellas palabras tenían acentos extraños y sentidos irreconocibles aún  perteneciendo a nuestra misma lengua. Algún día, me dije, podré reconocerlos y sentirlos como míos. Ese día aún no ha llegado. En fin,  era abril y el sol se instaló entre nosotros con feraz claridad, el aire salobre del lago venteaba sobre los árboles, salpicaba los ventanales y acribillaba nuestros débiles pulmones jadeantes y constreñidos en la marea juvenil que corría por el lugar. No he de hablar de aquellas peripecias, juegos y amores propios de esa juventud. Sería un intento vano, porque qué edad no ha sentido esos fervores. Sólo me detendré, en este instante, como quien va en un carruaje tirado por caballos (uno negro y otro blanco, en honor a Platón) y ordenar al auriga que se detenga en tal o cual sitio.

 Ciertamente, he decidido detenerme por unos instantes. Veo a un hombre venir hacia  el liceo. Nadie le acompañaba, ni siquiera la fortaleza de su estatura; vestido con un traje blanco, una especie de liquilique y sombrero que le guarecía del sol,  parecía que sus pasos andaban sobre una mullida alfombra y la luz la desvanecía en la calzada  y el asfalto rebotaba en mil soles.

 A medida que se acercaba, no sé porqué la imagen del hombre se fundía en otra que había visto en un libro. Cierto. Un libro de cuentos. Y no podía creer lo que mis ojos estaban corroborando, como si se tratara de una disolvencia de imágenes, y alguien regaba por las calles, en un tumulto sin orden ni concierto las letras que cubrían las páginas con historias y eventos vedados al porvenir, y se reconstruían en el hombre a medida que avanzaba, y sin mediar algún significado, ahora se me figuraba un oso blanco relumbrando de pronto en el fulgor de la hora.

Rocío Malavé - Faulkner


 Reconocí a William Faulkner y creía que estaba en posesión de una verdad, y que era el único que podía dar testimonio de ello ante aquella muchachada. Sin embargo, mis pensamientos fueron desmentidos porque un grupo de estudiantes del último año se aproximaron al escritor, lo cercaron con gestos de entusiasmo ceremonial y como si se tratara de la conquista de un territorio lo hicieron inaccesible. Había leído a Faulkner de manera dispersa, como correspondía a mis pocos años, traté de hacerlo saber. De nada valieron mis menudos argumentos, nombrar algunos de sus libros, ni hilar algún párrafo entre el miedo y el  tartamudeo. Nada, absolutamente nada logré, porque sentía como si me hubieran arrebatado un tesoro; lo introdujeron a la sala de la dirección y ya puertas cerradas, íngrimo, en la más absoluta indefensión, nada podía hacer y la voz de Faulkner se quedaría entre las paredes sin que jamás la llegara a escuchar
 Sólo me quedan pedazos de palabras,  instantes borrosos... La dirección estaba en un amplio salón, en el ala derecha, prácticamente a pocos pasos de la entrada. Había gradas en los extremos. Y aquellas que daban a la planta alta (nosotros llamábamos primer piso), justamente en la pared contigua, a cierta altura, había un boquete, una especie de tragaluz que mostraba totalmente el espacio interno de la dirección.

Cuántas veces no dejé de mirar a aquel círculo. También lo hago en este momento en que mis recuerdos escriben, cuando mis compañeros, en un gesto de solidaridad y de fortaleza, hicieron una escalera humana para que subiera y desde ahí, a pesar de que el tragaluz estaba protegido por vidrio, como quien desde la cofa de un mastelero, avistara felizmente alguna tierra ignota, después de  infinitas singladuras en una travesía donde yo era Ulises, y trepando sobre las olas, como hacía a menudo en los tejados de mi pueblo, alcanzara la gloria. El grupo  escuchaba, no sé qué  memoria del gran oso norteamericano. Acurrucado, era un niño en gestación, expectante. Veía  movimientos de  manos, como  velas rompiendo el viento hacia un mar lejano…


 José Francisco Ortiz Morillo
Santa Cruz de Mara, 30/12/2011.

1 comentario:

jose Torres dijo...

COnoci al Poeta por los años 80, y recuerdo haber hecho una gran amistad con el y con su padre Francisco, me unio a este gran poeta ese vinculo que hace estrecha una amistad, cuando se tiene la misma nacionalidad y los mismos sentimientos por lo mas sencillo, por lo mas hermosos de los recuerdos, lamenté tanto su fallecimiento, como el momento mismo en que su rio y el mio lo recibió en su "GRAN CORRIENTE" (MINUMBOC), para llevarselo con el como quien recupera para siempre algo que se habia ausentado, para mi, alguien que volvio a sus origenes, como siempre lo sintió el gran escritor JOSE FRANCISCO ORTIZ MORILLO. PAZ A SU ALMA. Y UN ODA A SU RECUERDO. de su amigo, un coterraneo.