EL AMANUENSE

Alexandre-Gabriel Decamps (1803–1860). Pintor
francés. El lector, 1846
Estoy seguro –dice
melancólicamente – que al subir, en el último piso volveré a la realidad...
Desde la plaza la avenida es temible, corta el aliento, los edificios están
agrupados de tal manera que los transeúntes no se distinguen entre sí (cuerpos
y sombras imprecisas).
El joven busca, entre los
signos grabados en las puertas, las señas que difusamente le muestra el papel
que sostiene su mano derecha; se muestra inseguro, gesticula palabras
incomprensibles, levanta las manos en forma amenazadora «Oh, Dios, es posible que
me haya equivocado de nuevo». Giró suavemente como si asintiera el fracaso.
- Ved a esa gente escurridiza esperando un movimiento en falso para caer sobre nosotros, nada puedes precisar en sus miradas, están dedicadas, con toda seguridad, a una labor extraña, gente que como observas son el populacho: serviles en extremo, envenenados diariamente en sus débiles desafíos: intentan entregarse al mejor postor, si les omiten llegan hasta la crueldad, son incautos...nada pierden – expresaba el amanuense, mientras zigzagueantes avanzaban por entre la muchedumbre que plenaba las cercanías de la zona comercial de la ciudad, a grandes pasos cruzaron la calle central y se introdujeron en uno de los edificios.
- Ved a esa gente escurridiza esperando un movimiento en falso para caer sobre nosotros, nada puedes precisar en sus miradas, están dedicadas, con toda seguridad, a una labor extraña, gente que como observas son el populacho: serviles en extremo, envenenados diariamente en sus débiles desafíos: intentan entregarse al mejor postor, si les omiten llegan hasta la crueldad, son incautos...nada pierden – expresaba el amanuense, mientras zigzagueantes avanzaban por entre la muchedumbre que plenaba las cercanías de la zona comercial de la ciudad, a grandes pasos cruzaron la calle central y se introdujeron en uno de los edificios.
Ya adentro se dispusieron
a colocar los objetos en orden. En el salón, aquí y allá, junto a los andamios
los libros aparecen colocados de manera sobria, pues, seguramente, no han sido
tocados en mucho tiempo; en la pared, curiosamente colgados, algunos cuadros de
pinturas innominados, abstractos.
Piense que las cosas
abren su dolor al mundo – dijo el joven... hay algo en el Universo que aún nos
es desconocido.
- Es un riesgo, todos
venimos desnudos...luego hacemos el camino – arguye inquietamente el amanuense.
- Si, en verdad, a mi
parecer es cierto, pero el abrigo de la vida no ofrece su calor con generoso
equilibrio. Esta es la diferencia. Empatía. Comprende usted, empatía-reitera el
joven- es lo que necesitamos. No podemos quedarnos en la opacidad de este salón
... aquí habitan tantas generaciones, pero se qué nos sirve si afuera palpita
el corazón.
- Bah! Ingenuidades ... todos los jóvenes son así. Creen que pueden cambiar el mundo y terminan en qué.
- Bah! Ingenuidades ... todos los jóvenes son así. Creen que pueden cambiar el mundo y terminan en qué.
El joven osciló
brevemente, sintió que el fuego le llegaba al rostro, no pudo evitarlo, se
sentía pequeño, enmudecido, golpeado. Comprendió fatalmente que en la ciudad
todo giraba sobre un eje y que aquel caos externo no era sino una manera de
controlar cualquier actitud que se mostrara en contrario. Antes de venir a
usted, mi trabajo era distinto y, sin embargo, mi posición es la misma ¿Me
comprende?.
- No lo entiendo,
explíquese
- Bien, mi tarea ha sido
infructuosa. Aún levantan sus casas y arguyen situaciones que intento reconocer
pero que solo imito para quedarme entre ellos, es cierto, no tengo lugar
definido a dónde dirigirme, mejor dicho, en cierta forma, entre ellos estoy
guarecido.... aunque no seguro. Me imponen una labor que debo cumplir a
cabalidad, de lo contrario estaría perdido, es decir, sería confinado sin
apelación, sin retorno. La oscuridad no se permite límites. He aprendido a ser
un extraño, a conducirme como tal. Llevo mi trabajo sin que no abrigue
sospecha, el que funge de jefe se muestra complacido, me halaga, dice palabras
bondadosas, habla de mi futuro y de mi estabilidad (mis competidores se
muestran ofuscados, trabajan en silencio), mi tarea consiste en no contrariar
las actividades erróneas que suscite el sistema, al parecer ellos no son
susceptibles de error, eso piensan. En cuanto a mi debo llevar una pulcra y
detallada relación de casos atendidos, se me ha investido del poder de pensar
por los demás... si me arriesgo en comprender, es decir sin consejos, se me
conmina, se me conmina, se me explica que no debo excederme. ¡Al diablo! ¡Estoy
harto de tanta mentira, me levanto, peleo, gruño-. Y nada, lo importante es
mantener los anaqueles llenos de hojas, atiborradas de carpetas limpias y
brillantes.
¡Mucha vistosidad!
Estadísticamente, que es lo que importa, deben aparecer infinidad de casos
atendidos... luego, más carpetas, montones de carpetas, montañas de hojas ¡ah,
míseros cuanto pueblo viene a abonar el saldo! ¿Qué pasa si uno trata de
comprender?
Anonadado, el viejo
amanuense no supo que argüir, las cosas giraban violentamente, y apenas si
alcanzó con sus temblorosas manos una de las sillas próximas al desván. Guarda
en el portafolios los finos lentes, y de uno de los bolsillos saca un pañuelo
perfumado y limpio que enjuga sobre la frente.
El sordo golpe de la
puerta retoma el frenesí de las calles, las luces mostraban los ventanales de
la vieja ciudad y las casas lucientes de cálidos colores envolvían, con
abrumadora esperanza, los pasos de las gentes...
-Qué imagen puede sobrevenir, sé que detrás de cada rostro, detrás de la miseria y del dolor qué les encubre... del lodo, hay una llama que emerge desde el fondo con denodada labor, sólo allí, en ese instante, rasgando el silencio aparece la condición humana. Todos habitamos un mundo extraño.
-Qué imagen puede sobrevenir, sé que detrás de cada rostro, detrás de la miseria y del dolor qué les encubre... del lodo, hay una llama que emerge desde el fondo con denodada labor, sólo allí, en ese instante, rasgando el silencio aparece la condición humana. Todos habitamos un mundo extraño.
¿Qué se nos puede
ocultar?. No puedo ver si no a través de las sombras de los tristes, donde el
fulgor de los antepasados abrevia el camino, indaga desde todas partes. he aquí
la nostalgia. Toda la verdad.
De: El Amanuense (1980)
José Francisco Ortiz
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