
Manuel Cabré (España, 1890-Venezuela, 1984). Pintor
venezolano
La noche se había esfumado, y los albores del día
penetraban como alfileres sobre mis ojos, luego de horas de fiebre
intermitente, escalofríos y un sueño recurrente que fui armando al despertar.
Me encontraba en una caminata sin tregua por montes de un verdoso pálido,
cubierto de lianas que descendían de los árboles y tejían una especie de red
sin fin, luego, remontando los alcores que me llevaron a una serranía, una
fuente de agua acentuaba el rumbo de un río a lo largo de prados de fieras y
pálidas aves en la vastedad de aquellas tierras donde escuchaba el rumor
de cascadas, y el viento que golpeaba
los muros de las montañas al barrer sin tregua las arenas ardientes, y sobre
los collados un cielo brumoso anunciaba la tempestad, y sin que pudiera atender
a otros signos fui atraído, en un momento que no puedo recordar, hacia un
sendero que concluía en una caverna
iluminada por antorchas y flamígeros insectos, el viento era apacible. En un
lugar impreciso estaba un monje, tenía la cabeza rapada y en actitud contemplativa
miraba las piezas quietas del ajedrez. El tablero parecía esculpido en la roca
y las piezas eran de mármol. Me esperaba, estoy seguro. Sin ofrecer
resistencia, compartí aquella partida. Estaba frente a un maestro. Llegado al
punto en que debía dar el mate, levantó su rostro y me pidió que me quedara en
aquel lugar. Sorprendido, fui retrocediendo hasta salir del recinto. El viento
giró con insistencia y su estado armónico se tornó violento. Una puerta de cristal se interpuso entre los
dos, y antes de alejarme definitivamente, observé en aquel hombre un halo
indefinido de pesar.

Jeroen Anthoniszoon van Aeken, conocido como El Bosco
o Jerónimo Bosch, pintor neerlandés (1450 - 1516) – El Jardín de las Delicias
Ahora, en la vigilia, intentaré recuperar esas
imágenes. Es posible que algunas me acompañan desde la niñez y hayan germinado
en esas afiebrabas horas, pues sólo acepto la realidad que precede a mis
temblores e inconsciencia. Seguramente el sueño rebasa mis estados de ánimo, y
prolongue una experiencia innominada, una ardorosa experiencia de lector que,
de alguna manera, se apropia de las escenas, personajes y palabras para
construir el mundo que su espíritu anhela frente a las barreras de la
cotidianidad. Tal vez, ésta sea la única explicación, como respuesta al
zumbido de los insectos que aún en la
vigilia me persiguen y me recuerdan a un libro antiguo que apareció inopinadamente
sobre mi escritorio. Por ahora no encuentro la analogía entre aquellos insectos
y el libro. Supondré que forma
parte de la ilustración que aparece en
la portada, una imagen del tríptico de El Bosco. El libro es una especie de
regalo, no me refiero a un incunable o cosa parecida, tal vez una edición más
cercana en el tiempo. Alguien lo envió, y no sé quién, porque no hay membrete
ni etiqueta que indicara o diera señales de su remitente y del lugar de
procedencia, y, sin embargo, ya no me era extraño porque con cierta frecuencia
llegan paquetes con libros, revistas y alguno que otro pasquín con escritos de
historias inacabadas, especie de bocetos que tratan de informarme de un
escritor apasionado que prefiere el anonimato. Con el tiempo he apreciado su
buen gusto, su prosa amena y a ratos cáustica, sin que por ello pierda la
opacidad de la costumbre de un individuo constreñido a las maneras tardas de
los pueblos del mar, esa es, por lo menos, la respuesta que me doy después de
tantas cavilaciones acerca de este amigo
ausente que lleva, eso pienso, un registro pormenorizado de mis actividades
domésticas y particulares, y llega expectante a morder la hora. Cada obsequio
es una fiel representación de la caja de Pandora. Siempre abre una nueva puerta.
Aunque quisiera definir ese rostro anónimo, trato de consolarme con las
fantasías que brotan a torrentes de sus escritos. Cuánto no tardan mis fuerzas
en redactar una página, hacerla, deshacerla, tachar, corregir y finalmente
romperla para volver de puntillas sobre la sombra de la casa donde suelo
instalarme…Es un círculo incesante que corroe mis maneras de ver la literatura.
Ciertamente, envidio a este amigo escurridizo que me hace llegar tantos y
tantos pliegos escritos impecablemente, sin que proceda a exigirme una
respuesta perentoria, es decir ninguna respuesta, y no sé qué hacer con las
remesas que casi ocupan toda la habitación y mi biblioteca de donde he sido
arrojado por la papelería que la inunda, y se deja venir por la puerta hacia el
pasillo como un río crecido hacia las habitaciones…
Si me
arriesgara a detener esa obsesión escritural, si terminara con esa manía
implacable que se adueña de mi tiempo y de mi vida, tendría unos días de sol y
acamparía en la alameda, sobre la hierba, sin ninguna premura hasta que las
horas del atardecer me mostraran las primeras estrellas sobre los rastros del poniente, y me descubrieran más
allá de la vigilia, en los albores del sueño, nunca repararía en las carencias
de una buena bolsa de dinero, de la gracia de un puesto burocrático, y no
temería a la soledad, al abandono que afectan mi tranquilidad. Tal vez, si
llegara a ser protegido por mecenas que
me permitieran vivir a mis anchas, sin otra preocupación que atender a los
libros, a su dócil entrega, no tendría que rumiar entre tantas apetencias de la
vida doméstica y de las formalidades del vecindario. Pero nada de ello es
posible. Y en esto, estoy seguro, no podré alcanzar la bienaventuranza del autor de estos regalos
y escritos que empapelan mi casa.
Este asunto va
más allá de lo común, porque mientras miro el libro sobre el escritorio, hago rodeos sin sentido en mis pensamientos,
como si de él emanara una fuerza, un cierto poder sobre mis lejanas búsquedas de nombres,
frases y no pocas historias pueblerinas; mientras más ocultas, mejor. Debí de
haber escrito "secretas", ¿sería más apropiado?, pero prefiero la
palabra “ocultas” porque tiene un sabor enigmático, como de sombra, cosa gris
que alienta a la pesquisa, al rastro y a la aparición repentina de no sé qué
imagen en la mente, porque habré de decirlo de una vez, la palabra secreta ya
no tiene ninguna posibilidad de existir ni en la imaginación ni en la realidad,
es como si la nada se hubiera apropiado de su identidad. Hace ya mucho tiempo
que la hemos arrojado como un estropajo al desván del olvido por innecesaria y
falsa.
Entretenido en estas formas que se desvanecen, expulsadas de no sé dónde,
aparecen otras en un celaje casi inadvertido, recortadas sobre el fondo gris de
las paredes, y llego a pensar que éstas no han sido construidas con arcilla,
que sus adobes firmemente encalados, que han resistido a graves épocas de
innobles usos, han sido abandonadas a un destino cruel, porque al más leve
temblor de mi cuerpo, descubren un polvillo azul terroso que se adhiere a la
piel, como esos aires que el mar vuelca con las olas y nos salpican con desdén,
pero tenía la certeza de que esos afiebrados instantes eran como puertas que se
abrían hacia una galería de habitaciones de diferentes tamaños, algunas con sus
espacios abiertos; luego, otras abiertas
y sus hojas batientes como las velas de un navío en la tempestad, y en esas
formas creía reconocer a la distancia el desamparo de Ulises, en un sinfín de
instantes atado al mástil y con los oídos bien abiertos para cancelar las
probabilidades del secreto, al dejar a las sirenas ahogadas en su propio canto
y, sin proponérselo, abrir el cauce hacia lo oculto; también –me dije, en un
intento de reconciliación– que es posible exornar, entre la vehemencia y el
desorden de tan abigarradas imágenes, un intento por salir y mostrar
plenamente, las correspondencias entre lo humano y lo mítico, derivadas de ese
simulacro. Debía conformarme con esta suerte de asombro, de la inutilidad del
viaje, más que desventurado del griego. Lo sé, porque (páginas atrás) los
marineros preparaban sus estrategias y sonaban sus voces en una especie de
alerta, asediados por feroces garras que brotaban como extensiones armadas por
un mecanismo desconocido y que resultaba espectacularmente espantoso para
aquellos risueños aventureros que desenvainaban sus espadas en un intento
fallido por defenderse. Homero, que es
un hombre sabio, sabrá sacarlos de ese atolladero infernal del oprobio y la
vergüenza, porque es posible que alguna otra historia se haya cruzado en este
vértigo de sombras y unas y otras compartan espacios y tiempos distintos.
Reconocía, en la intimidad de mis elucubraciones que, también, Homero me
forjaba en las historias que desempolvaba del pasado y, al mismo tiempo, creaba
las futuras cernidas en espacios recurrentes, como una galería de espejos,
donde me encontraría irremisiblemente apostado,
simple y mortal. Envidiaba a los contemporáneos del egregio escritor que
lo conocieron y le estimaron en su elocuencia, salvo los mozalbetes con el
acertijo de los piojos, burlándose de
él, como lo hacía Heráclito, celoso.
Si por fuerza
del destino (pienso) lográramos toparnos
con un autor de nuestro tiempo (en carne y hueso, como dice la expresión
coloquial) eso, sería un premio de los dioses, tal como me ocurriría un día de abril de 1961.
Atravesando los
bancos de niebla de mi imaginación, como un espectro viviente y deleitable de
aquellos años de mi adolescencia, cuando estudiaba bachillerato en el liceo
Baralt, venía hacia mí. Aquel no era un tiempo para el aturdimiento de los
sentidos: vivía en un campo petrolero habitado por familias de obreros. Y no
tenías otra experiencia, fuera de aquel campo donde todo estaba previsto y no
había necesidad de arriesgarse más allá de sus linderos, amén de las caminatas
breves hacia el poblado de Santa Cruz.
Tomábamos el autobús hacia Maracaibo. Religiosamente el itinerario se cumplía
cuatro veces al día, y éramos felices.
Me encontraba, entonces, en el frontispicio del liceo.
Sus columnas y puertas me parecían que estaban hechas para que allí moraran
gigantes; los amplios pasillos conducían a un jardín central o plaza donde
germinaba la vida. Miraba a mis compañeros que, venidos de lugares distantes,
construían con sus palabras universos para mí inaccesibles, porque aquellas
palabras tenían acentos extraños y sentidos irreconocibles aún perteneciendo a nuestra misma lengua. Algún
día, me dije, podré reconocerlos y sentirlos como míos. Ese día aún no ha
llegado. En fin, era abril y el sol se
instaló entre nosotros con feraz claridad, el aire salobre del lago venteaba
sobre los árboles, salpicaba los ventanales y acribillaba nuestros débiles
pulmones jadeantes y constreñidos en la marea juvenil que corría por el lugar.
No he de hablar de aquellas peripecias, juegos y amores propios de esa
juventud. Sería un intento vano, porque qué edad no ha sentido esos fervores.
Sólo me detendré, en este instante, como quien va en un carruaje tirado por
caballos (uno negro y otro blanco, en honor a Platón) y ordenar al auriga que
se detenga en tal o cual sitio.
Ciertamente, he
decidido detenerme por unos instantes. Veo a un hombre venir hacia el liceo. Nadie le acompañaba, ni siquiera la
fortaleza de su estatura; vestido con un traje blanco, una especie de liquilique
y sombrero que le guarecía del sol,
parecía que sus pasos andaban sobre una mullida alfombra y la luz la
desvanecía en la calzada y el asfalto
rebotaba en mil soles.
A medida que se
acercaba, no sé porqué la imagen del hombre se fundía en otra que había visto
en un libro. Cierto. Un libro de cuentos. Y no podía creer lo que mis ojos
estaban corroborando, como si se tratara de una disolvencia de imágenes, y
alguien regaba por las calles, en un tumulto sin orden ni concierto las letras
que cubrían las páginas con historias y eventos vedados al porvenir, y se
reconstruían en el hombre a medida que avanzaba, y sin mediar algún
significado, ahora se me figuraba un oso blanco relumbrando de pronto en el
fulgor de la hora.

Rocío Malavé - Faulkner
Reconocí a
William Faulkner y creía que estaba en posesión de una verdad, y que era el
único que podía dar testimonio de ello ante aquella muchachada. Sin embargo,
mis pensamientos fueron desmentidos porque un grupo de estudiantes del último
año se aproximaron al escritor, lo cercaron con gestos de entusiasmo ceremonial
y como si se tratara de la conquista de un territorio lo hicieron inaccesible.
Había leído a Faulkner de manera dispersa, como correspondía a mis pocos años,
traté de hacerlo saber. De nada valieron mis menudos argumentos, nombrar
algunos de sus libros, ni hilar algún párrafo entre el miedo y el tartamudeo. Nada, absolutamente nada logré,
porque sentía como si me hubieran arrebatado un tesoro; lo introdujeron a la
sala de la dirección y ya puertas cerradas, íngrimo, en la más absoluta
indefensión, nada podía hacer y la voz de Faulkner se quedaría entre las
paredes sin que jamás la llegara a escuchar
Sólo me quedan
pedazos de palabras, instantes
borrosos... La dirección estaba en un amplio salón, en el ala derecha,
prácticamente a pocos pasos de la entrada. Había gradas en los extremos. Y
aquellas que daban a la planta alta (nosotros llamábamos primer piso),
justamente en la pared contigua, a cierta altura, había un boquete, una especie
de tragaluz que mostraba totalmente el espacio interno de la dirección.
Cuántas veces no dejé de mirar a aquel círculo.
También lo hago en este momento en que mis recuerdos escriben, cuando mis
compañeros, en un gesto de solidaridad y de fortaleza, hicieron una escalera
humana para que subiera y desde ahí, a pesar de que el tragaluz estaba
protegido por vidrio, como quien desde la cofa de un mastelero, avistara
felizmente alguna tierra ignota, después de
infinitas singladuras en una travesía donde yo era Ulises, y trepando
sobre las olas, como hacía a menudo en los tejados de mi pueblo, alcanzara la
gloria. El grupo escuchaba, no sé
qué memoria del gran oso norteamericano.
Acurrucado, era un niño en gestación, expectante. Veía movimientos de manos, como
velas rompiendo el viento hacia un mar lejano…
José Francisco Ortiz Morillo
Santa Cruz de Mara,
30/12/2011.