viernes, 25 de mayo de 2012

EL ROSTRO DE VENEZUELA







EL ROSTRO DE VENEZUELA



(Publicado en el diario La verdad, 3 /6/1998)




 
23 de enero de 1958, caída de la dictadura


Una de las grandes tragedias (que ya son muchas) de Venezuela, es que la última dictadura acabó con gran parte de nuestros mejores hombres, quedando sólo algunos marcados por la conciencia de una voluntad a toda prueba en el merecimiento de prepararnos como nación sólida, pero, igualmente, aparecieron los adoradores del poder y del beneficio del poder, sin importarles jamás la nación.

Rafael Caldera  
Cuando Uslar Pietri y Rafael Caldera expresan hasta la saciedad que el trabajo es la única salvación, no sólo se refieren al esfuerzo físico y su retribución crematística, sino a la necesidad de forjar la construcción permanente de un país independiente y sólido, justamente, en la formación ética y científica de todos sus individuos.

Arturo Uslar Pietri
Si dependiésemos nada más del mecánico oficio de la faena o la mera disertación intelectual, estaríamos llamados al fracaso, pero de lo que se trata, obviamente, es de un acto comunitario de espíritu y de grandeza para definir la noción de pueblo.

En sentido estricto: en la grandeza de la vida, con cierto orgullo por una manifiesta y prolongada visión actuante y decisoria de lo permanente y justo del destino colectivo. Y, sin embargo, mi país, pierde sus días en diatribas de la más rayana e infecunda palabrería política, como si el alma de los venezolanos no estuviera ya entumecida de abalorios y contingencias.

 Así, nos preguntamos: ¿Por cuáles poros respira la patria? ¿Por cuáles caminos desanda la historia de los que amanecen a las puertas del campo, de las fábricas, de las escuelas? ¿Quién hablará por esos niños y mujeres que descasta la vida y en continua marea aparecen en las avenidas de nuestras lujosas ciudades para ser engullidos por una economía sin piel humana?
  
Un mitin político  

Estoy seguro de que no serán los ideólogos ni los avivadores de teorías los que tendrán la respuesta, porque la cotidianidad no es una categoría macroeconómica. Acaso no presentimos cómo la fuerza y la imaginación de muchos de nuestros escritores se han desleído en edulcorada atención a las efímeras promesas de burócratas; los pintores que ya no pintan porque están más pendientes del aplauso del público que de sus obras o, en todo caso, excedidos por la urgencia del nuevo riquismo, se prestan para la escenografía; y los poetas –oh, inefable vanidad- adocenados en la ilusa glorificación oficial. La pequeña política lo ha pervertido todo, porque encontró terreno propicio donde la astucia tiende a ser más raigal que la inteligencia. ¿Cuántas máscaras le han colocado al rostro de Venezuela? ¿Conocerán alguna vez los jóvenes de este tiempo y del porvenir, la imagen real de esta tierra que sufrieron noblemente los fundadores de la nación? Necesitamos volver a nuestras huellas para que el futuro sea menos ingrato y restituirnos del olvido para que la mirada inocente no nos convierta en esclavos modernos.


(Publicado también como "La mirada inocente" en el diario Panorama, de Maracaibo, 16/6/1993)

José Francisco Ortiz