HOJAS
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El poeta José Francisco Ortiz, leyendo en su casa en Santa Cruz de Mara. |
Haber leído antes de los diez años a
Dostoievski, Alejandro Dumas y Shakespeare, en un pueblo lleno de brumas como
el mío, de expectante verdor, con infinidad de sonidos y de calma vida
campesina, fueron más que suficientes para que anclara en mi alma un destino
por la literatura.
Aquel muchacho, Raskolnikov, cercano a
la miseria, que abandonara sus estudios y llegara a cometer un terrible crimen,
no era, ciertamente, lo que me deslumbró en aquellos días, fue la manera cómo
aparecían los matices de sombra, la descripción de lugares y los efectos que
iba tomando la narración hasta proporciones colosales; los perfiles
psicológicos, que yo comparaba con las gentes de mi pueblo, porque me ofrecían
suficiente materia prima para que naciera un imaginario que no he abandonado.
Con el tiempo llegaron un sin número de
lecturas. No todas han tenido el carácter indeleble de aquellas, y, sin
embargo, apasionantes. No hay página escrita que no haya tocado mi corazón y no
haya concertado mundos posibles. No puedo desdeñar, entonces, a Camus, Hermann
Hesse, Rilke, Valery, Hölderlin.
Entre los primeros y estos últimos hay
una franja conformada por Homero, Virgilio, Dante y Cervantes. Homero y
Cervantes se han mantenido en mi predilección.
Pero, hubo un poeta venezolano que
insufló mi encuentro con la poesía. Fue en mi adolescencia. Un día mi padre,
que venía de cumplir su guardia como obrero petrolero, se apareció con un
recorte de periódico. “Lea, me dijo, para que aprenda lo que es poesía”.
Tomé, no sin cierto temblor en las
manos, el trozo de papel. Leí como no se lee, como si alguien me persiguiera, y
mi padre que comprendía el aluvión de voces que me acompañaba, se replegó en
sus pensamientos, y de pronto recitó sin extravíos aquel poema que persiste en
el paisaje de mi memoria: Rosalinda, en los versos de Ernesto Luis Rodríguez.
Santa Cruz de Mara, 11/10/2012
José Francisco Ortiz Morillo